Porque yo ya no soy yo
Ni mi casa es ya mi casa.
Veinte años lejos de Penélope.
Cuarenta de vagar por el desierto.
Siempre bajo un mismo cielo
y unas aguas distintas.
Aunando lo viejo y lo nuevo.
El presente no es más
que el espacio que queda
entre lo que fue y lo que será.
Es una puerta que se abre o se cierra.
Soy yo una vez más,
delante del espejo cogiendo fuerzas.
Si miro mucho tiempo estos ojos
una extraña me devuelve la mirada.
No somos la misma y sin embargo ni hemos muerto ni dejado de existir.
Cambiamos y seguimos siendo.
Seguimos siendo y cambiamos.
Existimos en la luz que queda
suspendida en la oscuridad
cuando se apagan todas las luces.
Un recuerdo y una realidad.
¿Y si lo que se esconde bajo la piel es tan terrible o peor como lo que me responde el espejo?
Si no soy más que estos fracasos que llevo a cuestas.
Que los kilos sumativos de todas estas heridas y sus rencores.
Y si no soy más que la aplastante certeza de haberme roto.
El resultado de la emulsión de dos personas inmiscibles.
Éramos ella y este odio, este dolor.
Y ahora solo soy yo.
Un jarrón roto se puede volver a pegar,
pero algunas mezclas no pueden separarse nunca más.
Ahora soy esto y las decisiones que tome con la persona que ha quedado
tras estos años
y estas derrotas
y este maltrato.
No tengo las riendas de nada
aunque sujete con las manos este extremo de una cuerda
desanudada.
Se han borrado los límites, los umbrales y fronteras
que marcaban el punto de partida.
Solo estoy yo,
igual que siempre pero más perdida.
Demasiado lejos como para volver atrás
en mitad de un camino por el que no quiero avanzar más.
No me reconozco pero no me encuentro.
Sé que tengo las fuerzas
pero no encuentro a tientas el interruptor.
Un día cada vez
y se me olvida el mantra cada amanecer.
La salida consiste en encontrar a la persona que fui, que soy, que quiero ser
y a veces temo que la llave sea producto de un sueño
y nada de esto haya existido nunca.
No podemos decidir el rumbo del mar.
No podemos elegir quién se ahoga y quién no.
A veces la vida golpea dos veces donde el segundo rayo no cayó.
A veces pagan justos y pecadores.
Porque al final a todos se nos cobra una deuda que no contrajimos voluntariamente.
Nos queda
aprender a fluir
guardar el aliento que querríamos gastar
en un último grito bajo el agua.
Esperar con paciencia
un cambio de tiempo.
Un nuevo sol,
una nueva orilla,
marea baja después de la marea alta.
Esperar con paciencia
que no golpee la vida
tres veces donde ya cayó un rayo.
Hay una llama aquí dentro
que duerme y despierta
con el paso de los años.
Hay una flecha y un trueno.
Hay un grito y un abismo
y una historia que siempre empieza.
Arriba y abajo
Abajo y arriba
Se reavivan los incendios.
Los pies saben el camino.
Da igual cuantas cadenas y golpes después,
el fuego no se olvida
el fuego no se pierde.
Somos la herencia de Prometeo.
Los pies saben el camino.
Estos años de silencio
huyendo de mí misma
de lo que fui
de lo que soy
En un sueño de verano
que me proteja del sol
del frío del invierno
de las tormentas de abril
Que no pase el tiempo
para que yo no tenga que ser yo
Y enfrentarme a este fracaso
que me devuelve el reflejo.
La humillación de la derrota
en lugar de una nueva lucha.
Esa ha sido mi huida.
Una mortaja amarga
y segura.
Quizás toque
una vez más
una última vez
como todas las anteriores
demostrarme a mí misma que yace bajo la piel
e inmolarme en el sol
y decir que vuelo
durante la caída.