Un Sísifo feliz
un océano en calma
un sentimiento de día.
Eso es la vida.
De la noche más oscura
a las mañanas de paz.
Trenes de castañas y soles blancos de otoño.
Magia en días cortos.
Luces doradas.
Un Sísifo feliz
un océano en calma
un sentimiento de día.
Eso es la vida.
De la noche más oscura
a las mañanas de paz.
Trenes de castañas y soles blancos de otoño.
Magia en días cortos.
Luces doradas.
Una tarde de invierno
de esas en las que la noche lo inunda todo
y las luces ámbar de las farolas
se derraman sobre todos aquellos que luchan
contra el frío y la oscuridad
contra los síntomas vespertinos
de los primeros días del año.
Sofás viejos, hundidos,
nos juntan el uno al otro
hablamos de Lou Ferrigno
o cantamos un cumpleaños feliz
cuando apagan las luces
y esperamos las velas.
Tus abrigos de invierno
y las excusas para quedarse.
Una respuesta cada dos días
cinco edamames.
Películas de Gaspar Noe;
la persona más interesante del mundo es un saxofonista,
y su mujer es la persona que más sabe de Aristóteles.
Hacen pan y chistes.
Vuelve la luz,
no han traído tarta ni velas,
aunque seguro que en algún sitio alguien cumple años.
El sol de otoño con sus rayos oblicuos y sus tardes áureas
Un mar en calma, unos remos que se mecen
sobre un infinito cristalino
y la paz del susurro de las olas
de las sábanas
de los pies sobre la madera.
Somos un semáforo un septiembre
y un concierto de verano
y un bar de invierno
y amaneceres de primavera.
Hogueras de San Juan
verbenas centenarias
fuego, llamaradas,
estrellas fugitivas,
manos cálidas
y reírse a carcajadas
antes de dormir
cada madrugada.
Somos
superstición y ciencia
arte
sacro y profano
letras y ciencias
elementos cuánticos
parte de un todo que desborda
luz .
Un ejército de Lisístratas quebradas
de Casandras y Ofelias
Cada una con su historia bordada
en los jirones que han quedado
sobre sus cuerpos de trapo,
usados.
Legiones de mártires
posan sus manos
sobre el abismo
de sus cavidades torácicas,
pechos saqueados.
Las que se quedaron
no sueñan, no sueñan,
no respiran siquiera,
apenas se mueven.
Envidian a la mujer de Lot,
quisieran encontrar el valor
de volverse,
mirar desafiantes a los ojos de Dios,
y convertirse en estatua de sal.
Las que huyeron
arrastran al viento,
enredadas en el pelo,
pieza de puzles que no encajan.
Una nomenclatura agotada.
La ropa húmeda y pesada
del lodo negro, de los gritos
o silencios
de las ruedas de tortura infinitas y oscuras
de los ciclos de la luna
cuya miel es siempre amarga.
Todas tienen en común
una historia a trompicones,
la voz que les falta
para ponerle nombre
a sus años de tierra
sobre sus cuerpos aún tiernos.
Todas tienen en común
una historia bajo la piel
y fuego en su lengua silenciada,
un manual que no refleja
su viaje de ida y vuelta
por las dunas del desierto.
Todo son veranos,
al fin y al cabo;
menos el invierno,
donde nos encontramos.
El primer verano,
el verano del deshielo
con sus prunus y sus flores del cerezo
valientes y efímeras.
El verano conocido,
el del sol y la música
de las noches cálidas,
tardes eternas de sol radiante y
conciertos bajo luces
azules y blancas.
El último verano,
al final de todos los veranos,
la estación de la magia
y del sol oblicuo y dorado.
Un verano final,
pero un verano al fin y al cabo.
Todo son veranos,
menos el invierno.
Y por eso nos juntamos
en el lugar en el que empieza el frío
para llenarnos de luz las pestañas
y abrazarnos en las lentas madrugadas.
Somos el fuego que arde,
la llama avivada,
el destello de una hoguera,
el recuerdo de todos los veranos.
Todo son veranos,
al fin y al cabo.
Un septiembre en un paso de cebra nos cruzamos,
como si no hubiesen pasado los años.
Y tras eso siguió pasando la vida.
Acababa de empezar el otoño
y nos volvimos a encontrar en lo más crudo del invierno.
Tú bailabas
y yo ya no era yo,
ni mi casa era mi casa.
Y llegó la primavera.
Le pusimos a la vida un timón de juguete,
para poder fingir al menos,
y se terminó convirtiendo todo en un barco.
Me enseñaste a bailar y a andar en bicicleta.
Las dos cosas las hago mal,
pero hacerlo mal es mejor que no hacerlo.
Vuelve septiembre con sus cruces y sus pasos.
Pero nada es igual
todo se puso patas arriba
el sol, el tiempo en los relojes, las noches.
Un camino de vuelta a casa,
contigo a mi lado.
Siempre sonrisas,
siempre risas.
Siempre asomados a la ventana
el guía turístico que se equivoca;
el que tiene un buen día y le ríen todos los chistes,
incluso los malos;
las broncas adolescentes y los nuevos herri kirolak.
La otra cara de la vida,
sinergias de dos y juegos de mesa trampeados,
ropa tendida,
paseos cortos y cafés por la tarde,
zapatos de baile,
instrumentos
grandes y pequeños.
La luz que está en todo
que se cuela por las grietas de la vida
inunda el pecho y marca el sendero
recorta tu sombra contra el suelo
trae esta paz a este barco
que no está a la deriva,
descansa o avanza.
Un océano de azul
nubes blancas o lavanda
viento y música
ventanas abiertas y sábanas blancas
vetustas lenguas vernáculas
laberintos de luz tejida en hilos de sol
enredados en el verde de los últimos días del verano
bajo la atenta mirada de un reloj robado
aquelarres diurnos y bailes clandestinos
Nunca más
una puerta cerrada
unos cristales rotos
un día sin un horizonte
por el que remar
Se extingue lentamente el estío
con su música constante
sus noches
sus cielos
suaves y eternos
Y se derrama la magia
por los suelos
de madera y azulejos
las pestañas
y las manos
Todo es oro
el camino del órono.