El año ha amanecido domingo, de esos de sol por la mañana
y tardes frías de cielos blancos.
Y blanco ha amanecido el corazón,
como si estuviese desengañado,
tras tantos años ganados.
Y acabada la maldición de la primera noche del primer día, que llega antes que el sol
-que los malos comienzos siempre han sido lo mío-,
dejo,
en una habitación de verano,
un sueño entre sábanas, durmiendo,
latiendo enterrado entre tanta realidad.
Porque los trenes que esperas nunca pasan cuando miras
hacia la estación abandonada,
en la que el reloj contaba las horas hacia atrás.
Y las promesas de borracho,
se esfuman con las primeras luces del albor de un año.
Y los cristales del alcohol,
lacerarán la piel para siempre,
dejando cicatrices perennes,
que duelen cuando va a nevar.
Rompas los espejos o cierres los ojos,
los demás no están ciegos.