martes, 29 de octubre de 2013

superando octubre

Me alegro de haberte encontrado,
porque me haces sonreír
cuando un otoño por la tarde
yendo hacia tu casa
llevo en la cabeza un:
¿quieres algo de la calle?
y un:
a ti.

domingo, 27 de octubre de 2013

Sobre nuestras propias cenizas

A veces es difícil.
No hay un camino bueno
o un futuro ya construido.

A veces,
después de tanta sangre,
cómo creer en cualquier cosa.
Cómo perder este miedo,
que se aferra a nuestras entrañas
de perder todo lo ganado,
justo como siempre.

Los besos,
las manos,
los días.
Ya hemos pasado veinte otoños.
Y hemos sobrevivido,
de esta manera
tan triste.
Somos jóvenes que creen
que ya lo saben todo de la vida
de las personas.
Somos jóvenes tristes,
porque probablemente sea cierto
y la única esperanza
es alguien
que rebata nuestra teoría
que nos tire los pretextos al suelo
y nos deje sin palabras
y sin ciencia.

Que las personas son egoístas,
o malas,
y las buenas
nunca se quedan demasiado:
o se van,
o las echamos.
Da igual
si el mundo fue malo y lo creímos bueno
o fue bueno y lo creamos malo,
por creer,
o por no hacerlo.

Pequeños reyes destrozados,
destronados.
Atronando
en lo que nos queda de reino
que son las cuatro paredes
que son nuestra trinchera
de la derrota.

"Dejadme vivir en paz"

Pero siempre somos solo nosotros.
Jóvenes tristes,
niños rápidos,
ancianos tempranos
llenos de fantasmas
auntoinflingidos.

Miramos al cielo
esperamos una ayuda
que nos parta un rayo
que nos salve un ángel.

Se sientan a nuestro lado
y tenemos la cabeza allá arriba
y el corazón tan abajo,
enterrado,
que no vemos en los ojos de la otra persona
más que lo que vería Pandora
en la caja aún cerrada:
el deseo de abrir
y el miedo
de que esta vez se escape hasta la esperanza
si todo fracasa
otra vez.

Porque ya no sabemos si el mundo es malo y alguna vez lo quisimos ver bueno
o al revés.
Solo sabemos que las cicatrices son las heridas
que decidieron no irse jamás.
Que el pasado no se va a borrar;
es más,
siempre intentará volver,
por muchos otoños que nos sintamos orgullosos
de haber sobrevivido.
Y nuestra última esperanza es alguien
con la fuerza suficiente
como para hacernos mejores,
aunque el pasado no se borre,
precisamente,
sobre nuestras propias cenizas.



viernes, 25 de octubre de 2013

"The lost boy"

A veces se me hace raro ver tu cara,
como la primera vez,
tan de cerca
y yo tan tonta.

Como si mi mente no estuviese preparada
para esto,
inesperado.
Como si no entendiese aún qué haces aquí,
y en la realidad que mi mente planeó,
no había hueco para algo así.
No había luz.

A veces te reconozco y te extraño,
como si nos acabásemos de conocer
y ya hubiésemos pasado mil vidas juntos.

Como la primera mañana,
con una casa por primera vez
de sol.
Con horas y horas de sueño a la espalda
y las piernas temblando.
Y una premonición de sábanas,
lágrimas
y fuerza en los espejos.

Entonces solo tengo ganas de reconciliarme
con la vida,
contigo,
con aquellas noches que recé por que se acabasen.
Solo quiero tocarte,
si eres real,
y darte las gracias.

Porque cuando te miro
y siento tu cara extraña,
conocida y ajena,
vuelven a temblarme las piernas,
vuelven a despertar meses
de charcos y baños
y solo quiero reconciliarme
con la vida que perdí,
con lo persona que fui
antes de perderme.
Y todo gracias a ti.



And I will not be commanded
And I will not be controlled 
And I will not let my future go on
Without the help of my soul 

miércoles, 23 de octubre de 2013

Piel de humo

A veces dormir por vivir menos tiempo es el indicador
de que estoy atrapada
en los últimos estertores
del pecho de la bestia salvaje
que me devoró.

Yo siempre he sido la abuelita
fácil de avasallar.
De esas que hacen galletas a las tres de la madrugada
por no tener que afrontar
que no hay cura
pera el hambre del pecho.

Que a mi edad
un Octubre es un naufragio.

Esto es como eso de cerrar los ojos
en las películas de miedo.
Que siempre los abres en el peor momento.

Y yo siempre despierto
para ver al monstruo
ponerse piel humana
y andar entre nosotros,
cortando nuestros hilos rojos,
perdiéndonos.

Pero soy como Pedro,
el del lobo,
con lágrimas incontrolables
que ya no saben ni qué decir
cuando se escapan
entre gritos o en silencio.

Estoy cargada de ese miedo
que es veneno
que me hace parecer lejos.
Como si mi piel fuese de humo;
y quizás es que este naufragio
me ha pillado con el pecho tan abierto
que se me ha llenado de agua helada
y si no me vacío me hundo.

Siento no poder hacer nada,
y si me preguntas,
lo que siento es sobrecogedor,
inmenso;
que simplemente puedo
abrazar en la noche,
prometer que todo irá mejor
al despertar.

Que solo necesitamos,
un día más,
un día nuevo.








martes, 22 de octubre de 2013

Redemption

En algunos brotes de septiembre por la tarde
nos perdimos,
siempre sin ir cogidos de la mano.

Siempre con las suelas de los zapatos gastados,
con las promesas hechas jirones a la espalda.

Quizá buscábamos un inicio
o un final
definitivo.

La cuestión es que chocamos,
y nos hicimos cada uno una herida,
con sendas cicatrices,
para no perdonarnos nunca
nuestra marcha por el mundo.

Supongo que entre aquellos rayos de sol
que cerraban el verano,
se oscurecieron las maletas
y las gafas de sol cobraron otro sentido.

Que bajando de ese autobús,
con tu camisa a cuadros,
tú sabías,
y yo sabía
que octubre iba llegando.

Ahora intentamos resistir el frío
juntándonos en las noches
como únicos supervivientes.
Intentamos ser escudos,
parar los golpes y las balas,
y vivir para contar(nos)lo.

Porque le buscamos el sentido a la vida
en la del otro
y empezamos a caminar
por la cuerda floja
sobre las llamas de nuestro propio infierno.

Cógeme de la mano,
aunque no te guste hacerlo,
porque no quiero perderme aquí,
quedarme sola
en estas sábanas
que hieren tanto a invierno.






Carta de Fuego a Mártir.

Te cuentas esa mentira,
una y otra vez.
Lo entiendo,
es para no asumir la culpa
y el dolor.
Para no aceptar
que rompiste todas tus promesas;
que, por traicionar,
te has traicionado a ti misma
y, peor aún, a quien más te ha cuidado.

De Fuego a Mártir,
que sé que es más fácil culparme a mí
que mirarse al espejo.
Que es más fácil decir que moriste
por una causa,
porque nadie busca el puñal
en la mano de la víctima.
De Fuego a Mártir te digo,
que si quieres yo te quemo
y guardamos el secreto.
Todo eso de la sangre que traías encima
antes de arrojarte a mis llamas.
Todo eso de que has envenenado
tu hogar hasta los cimientos.

Te darán una caja en la que descansar,
un nuevo sitio.
Te compadecerán,
te llevarán flores.
Seguro que sí,
va ser precioso que todos quieran
a la persona que nunca has sido,
ni serás.

De Fuego a Mártir,
podemos hacer como que
ninguna de las dos sabemos,
que para ser héroe,
hay que ser silencioso,
que es vanidad jurar que es martirio
el daño autoinflingido.
Que, en cualquier caso,
serán los otros,
los que vean más allá de las mentiras,
los que juzgarán tu caso
y por tu santidad, que no te llegue el día.

De Fuego a Mártir
te aseguro que no porque yo te mate,
o porque tú te inmoles,
será más honorable tu causa egoísta.

De Fuego a Mártir
te recuerdo cuando me dijiste
que si le hacía daño me destruirías;
y me pregunto qué tal te irá a ti.
Porque veo la sangre tras todos esos gritos
y aspavientos,
pero no veo el amor
y todo eso del sacrificio y cuidar de otros.

Te pregunto,
¿qué quieres conseguir,
que no sea para ti?




Volver a casa



Todos los frentes abiertos,
mil partidas de ajedrez simultáneas.
La luz blanca de un fluorescente parpadea:
mil luces blancas temblando.
Si las miro así,
con la cabeza huyendo,
parecen puertas a otros mundos,
donde seguimos los dos,
quizás más afortunados.

Cientos de gritos silenciosos,
parece que solo escuchan su cadencia
los niños y los perros.
Me están volviendo loca,
pero no de una manera activa.
Me quedo quieta, en silencio,
como si un ruido más pudiese romperme,
perderme.

Las baldosas del suelo, frías,
se pegan a mi piel.
Mil partidas de ajedrez,
todos los frentes abiertos,
y no puedo levantarme,
ni son mis juegos,
ni son mis guerras.
Pero la herida es real,
en el tablero siempre hay flechas,
y en el campo siempre hay un puñal.

Cada muerto ante mis ojos
serán mis migas de pan
para encontrar el camino
de vuelta a mi celda.

Quiero morir luchando
o arrastrarme hasta desaparecer.
Quiero que me saque los ojos
el enemigo
o me despierten de todo esto.

Estoy cansada de esta puta mala suerte,
de esas historias inconclusas,
que no se cerrarán jamás.
Estoy cansada de pensar que viviré
con la sombra del pasado
cada día,
del resto de mi vida.

Y entre los filos chocando,
los caballos avanzando,
la sangre bramando,
me escucho a mí misma
murmurando
qué coño hago aquí
si no tengo fuerza para sobrevivir.
Si acaso tengo
la estúpida esperanza
de que salga el sol
o, más estúpido aún,
de morir con honor.

No puedes luchar en batallas que no son tuyas;
no puedes vencer o perder en luchas ajenas;
no puedes volver a casa tras una guerra que no has vivido.
Solo puedes ir perdiendo el corazón,
la voz y la cabeza.

Hasta que de igual,
qué ha sido y qué será.


No voy a volver a casa.