La vio, y parecía un ángel. En ese instante juró que, primero, se esforzaría al máximo para obtenerla, que la colmaría de regalos, después.
Todo porque ella se mostraba desde el cielo, distante.
Cuando finalmente ella bajó de las nubes y posó su níveo pie en la tierra, sus encantos se volvieron terrenales, volviéndose tan comunes que parecieron haber desaparecido: sus cabellos dorados como el mismo sol se tornaron rubio cenizo, sus ojos de miel, castaños y su radiante sonrisa, vacía.
El precio por la humanidad.
Pasados cuatro años de la bajada del ángel, tras dos alumbramientos y un tercer varón en camino, la nieve caía en diciembre, ella cada vez se volvía más ceniza, más castaña y más vacía, y en esa misma ciudad él se aferraba unas carnes ceniza, castañas y vacías que jamás provarían los regalos del cielo, pero cálidas.
Ahora cierra tus ojos.
Corre, rasga la niebla, explora las ciudades, quema los focos e inunda las calles.
Ahora. Cierra los ojos.
¿Qué ves?
Nada.