Los hombres cuervos tenían todos los alas negras y la piel pálida.
Se balanceaban como suicidas sobre el extremo del puente.
Y en lugar de pies tenían pezuñas.
Siempre saltaban y emprendían el vuelo antes de que pudieras decirles nada.
Los hombres cuervo ya lo habían oído todo.
Todos ellos parecían uno solo,
recordaban al ejército de los Inmortales;
siempre había un hombre, vestido de negro, con grandes alas y pezuñas en lugar de pies,
con la mirada triste clava en el abismo de aguas oscuras que corría y bramaba bajo el puente.
Los hombres cuervo tienen la espalda llena de cicatrices,
aunque eso nadie lo sabe.
Tienen las alas contadas,
están condenados.
Todos tienen el pelo oscuro
y los ojos oscuros.
Si te acercas a ellos,
si los confundes con un suicida e intentas salvarles,
saltan.
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lunes, 13 de abril de 2015
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De cuando la libélula observa su rostro en las aguas,
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miércoles, 22 de octubre de 2014
Criaturas celestiales
La pequeña criatura arrogante tenía por costumbre agarrar hasta asfixiar.
Como todo niño pequeño no controlaba su fuerza;
los pobres insectos que morían aplastados entre sus dedos
no eran más que graciosos accidentes a ojos de los despreocupados adultos.
La pequeña criatura arrogante pulverizaba demasiados bichitos
para ser una simple casualidad, simple frenesí infantil.
La pequeña criatura arrogante creía que el mundo era suyo.
Aplastaba todo cuanto le cabía en un puño,
y, de entre todas las cosas
(bichitos, hamsters, gatos...)
lo que más le hubiese gustado que le cupiera en el puño
era la enorme cabeza de los despreocupados adultos.
Por desgracia, por sus limitaciones físicas, el objetivo más ambicioso al que podía aspirar
eran las cabecitas de sus compañeros.
Cabecitas de bonitos rizos, o lacias trencitas.
La pequeña criatura arrogante fingía ser una pequeña criatura nada arrogante.
Esperaba el momento en el que su mano abarcase una cabecita despistada.
Pero ese momento no llegaba
y la criatura arrogante crispó sus puños,
gritó, lloró...
en definitiva, se humilló mostrando su patética naturaleza arrogante.
Muchos adultos despreocupados pensaron que se trataba de una simpática rabieta.
Algunos de los niños cuya cabeza, a ojos de la criatura arrogante, era puré de guisantes en potencia,
comprendieron la naturaleza de la rabieta.
Podrían haber urdido un maligno plan infantil, como el de la criatura arrogante, para eliminar a su agresor en potencia.
En vez de eso decidieron hacer algo infinitamente peor: dejaron que la criatura arrogante siguiese tal y como hasta ahora, que creciese solo para darse cuenta de lo miserable de su existencia y de lo pequeño que iba a ser su puño siempre en comparación con el resto del mundo.
Como todo niño pequeño no controlaba su fuerza;
los pobres insectos que morían aplastados entre sus dedos
no eran más que graciosos accidentes a ojos de los despreocupados adultos.
La pequeña criatura arrogante pulverizaba demasiados bichitos
para ser una simple casualidad, simple frenesí infantil.
La pequeña criatura arrogante creía que el mundo era suyo.
Aplastaba todo cuanto le cabía en un puño,
y, de entre todas las cosas
(bichitos, hamsters, gatos...)
lo que más le hubiese gustado que le cupiera en el puño
era la enorme cabeza de los despreocupados adultos.
Por desgracia, por sus limitaciones físicas, el objetivo más ambicioso al que podía aspirar
eran las cabecitas de sus compañeros.
Cabecitas de bonitos rizos, o lacias trencitas.
La pequeña criatura arrogante fingía ser una pequeña criatura nada arrogante.
Esperaba el momento en el que su mano abarcase una cabecita despistada.
Pero ese momento no llegaba
y la criatura arrogante crispó sus puños,
gritó, lloró...
en definitiva, se humilló mostrando su patética naturaleza arrogante.
Muchos adultos despreocupados pensaron que se trataba de una simpática rabieta.
Algunos de los niños cuya cabeza, a ojos de la criatura arrogante, era puré de guisantes en potencia,
comprendieron la naturaleza de la rabieta.
Podrían haber urdido un maligno plan infantil, como el de la criatura arrogante, para eliminar a su agresor en potencia.
En vez de eso decidieron hacer algo infinitamente peor: dejaron que la criatura arrogante siguiese tal y como hasta ahora, que creciese solo para darse cuenta de lo miserable de su existencia y de lo pequeño que iba a ser su puño siempre en comparación con el resto del mundo.
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martes, 21 de octubre de 2014
Lady error
Lady error tiene un veneno
que aunque no mata,
te mancha las manos.
Lady error tiene la capacidad
de tocar con ese veneno
y destruir sin hacer sangre.
Lady error tiene los ojos muy grandes
para fijar mejor sus objetivos
en defensa propia.
Nadie la teme
porque, a diferencia de los otros bichos,
es roja y brillante, casi hasta bonita.
Pero Lady error destruye todo lo que toca
y últimamente tu vida
le parece irresistible al tacto.
que aunque no mata,
te mancha las manos.
Lady error tiene la capacidad
de tocar con ese veneno
y destruir sin hacer sangre.
Lady error tiene los ojos muy grandes
para fijar mejor sus objetivos
en defensa propia.
Nadie la teme
porque, a diferencia de los otros bichos,
es roja y brillante, casi hasta bonita.
Pero Lady error destruye todo lo que toca
y últimamente tu vida
le parece irresistible al tacto.
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viernes, 22 de agosto de 2014
impuestos
Dejó que el agua le cayera sobre la espalda. El vapor generado por el calor hacía que fuese difícil respirar. Era como intentar beber por los pulmones; el oxígeno se colaba en delgadas aspiraciones. Ahí, sentada, se sentía como una bola de papel arrugada y húmeda en un cuarto de baño público. Los pliegues de su cuerpo, uno sobre otro, parecían derretirse cada vez más y más. El agua le entraba, caliente, en uno de los oídos. El mundo se había convertido en vapor, el sonido de la electricidad estática y su piel rota y floja.
Decían que en el eco del ruido blanco resonaba aún el ruido de la gran explosión. Supuso que era justo acabar como se empezó. Ella hubiese preferido el sonido del sol en otoño, pero el ruido blanco seguía siendo una opción mejor que el silencio del fondo del océano.
Decían que en el eco del ruido blanco resonaba aún el ruido de la gran explosión. Supuso que era justo acabar como se empezó. Ella hubiese preferido el sonido del sol en otoño, pero el ruido blanco seguía siendo una opción mejor que el silencio del fondo del océano.
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miércoles, 19 de febrero de 2014
Las rosas hay que pintar
Eran
blancas y asomaban entre todas las cosas luciendo ese color inmaculado.
Erguidas, en su tallo con espinas, se mecían al sol de primavera. Pero como
todo lo que se erige sobre otros colores y alturas, debían recibir un castigo.
La
pequeña reina de corazones, con su pecho hueco y seco, con su vientre de
alambre, mandó las rosas pintar, por tapar ese limpio color que no tenía
mancha.
Regó
con la sangre de sus vasallos el blanco de las rosas. Se volvieron rojas. No
fue suficiente, no dejaron de ser rosas.
Las
aplastó, se hirió los pies, pero se sintió mejor.
El
espejo la volvía a señalar como la más bella del cuento. Nada en su jardín
osaba superar la altura de su mandíbula. Todos vivían a esa sombra y andaban de
rodillas.
Las
rosas se hicieron fango, gusanos, tuvieron diez vidas, y volvieron la siguiente
primavera.
El
espejo vuelve a girarle la cara a la reina. Se agrieta la pintura de su cara.
Se cae la corona, se rasga la ropa. Debajo, cicatrices de las espinas y un ser monstruoso.
Vuelve
la primavera, ella aúlla: “las rosas hay que pintar”. Pero nadie responde. Los súbditos, en silencio, esconden sus manos.
Las
rosas blancas asoman, de nuevo, sonríen. Son viejos conocidos.
La
reina, llena de cólera, grita y golpea, abandona el castillo.
En
mitad de la noche aún se puede ver el blanco de los pétalos, de la reina, una
sombra. Va a pintar las rosas de nuevo, pero, esta vez, uñas como espinas rasgan la
piel y la carne.
Amanecen
rosas blancas. Todos los súbditos del reino lloran, con las manos pintadas
carmesí, el color favorito de la desaparecida y difunta reina, a la que honran.
Todos tienen el estómago un poco más lleno. Asoman sonrisas reprimidas. Todos se han pintado los labios de rojo, como la reina, precisamente con la reina.
Por suerte las rosas solo son rosas,
y no viven bajo ningún reinado,
ni cometen crímenes atroces.
Por suerte las rosas no envidian ningún color
ni tienen ese odio y frustración
de quien se pinta una cara
para ocultar al monstruo.
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domingo, 16 de febrero de 2014
Artemisa y Orión II
Esta noche
Artemisa y Orión
dormirán juntos.
Abrazados.
Lucharon contra todo
y todos
y cambiaron el curso de la historia.
En el cielo hay una constelación menos
en el cielo del invierno.
Porque esta noche
Artemisa y Orión
tienen quién les consuele del frío.
Tienen quién les salve de su destino
tantas veces escrito.
Esta noche
Artemisa y Orión
se van a amar
contra todo pronóstico,
contra todo el mundo
y su infinita sabiduría
Artemisa y Orión
van a ser uno
hoy
y siempre.
Artemisa y Orión
dormirán juntos.
Abrazados.
Lucharon contra todo
y todos
y cambiaron el curso de la historia.
En el cielo hay una constelación menos
en el cielo del invierno.
Porque esta noche
Artemisa y Orión
tienen quién les consuele del frío.
Tienen quién les salve de su destino
tantas veces escrito.
Esta noche
Artemisa y Orión
se van a amar
contra todo pronóstico,
contra todo el mundo
y su infinita sabiduría
Artemisa y Orión
van a ser uno
hoy
y siempre.
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sábado, 15 de febrero de 2014
Artemisa y Orión
Artemisa y Orión,
cazando a la bestia
de ocho lenguas.
sin Apolo que los separe por constelación
con el cuento
del escorpión.
Conteniendo la flecha,
con la justicia de que carece
Atenea,
igual que las otras cualidades
falsamente atribuídas
(no hay más que mirar,
el mito de Aracne),
dan a la presa
libertad.
Artemisa y Orión,
sin hidra de mil cabezas,
sin premios de cazador.
Artemisa y Orión
dejando que se consuman las bestias,
que agonicen en sus cuevas
sin darles caza
por no darles la vana esperanza
de la flecha certera
que acabe con su agonía.
cazando a la bestia
de ocho lenguas.
sin Apolo que los separe por constelación
con el cuento
del escorpión.
Conteniendo la flecha,
con la justicia de que carece
Atenea,
igual que las otras cualidades
falsamente atribuídas
(no hay más que mirar,
el mito de Aracne),
dan a la presa
libertad.
Artemisa y Orión,
sin hidra de mil cabezas,
sin premios de cazador.
Artemisa y Orión
dejando que se consuman las bestias,
que agonicen en sus cuevas
sin darles caza
por no darles la vana esperanza
de la flecha certera
que acabe con su agonía.
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miércoles, 29 de enero de 2014
El niño y el diablo
Me gusta el niño.
El niño hace música,
el niño escribe,
el niño juega
y, sobre todo,
el niño ríe.
A veces el niño se sienta en la ventana
a ver la gente pasar.
Entonces no habla,
y parece que ha envejecido cien años
y ya es de esos adultos de piedra.
Pero siempre baja,
y cuando lo hace,
el niño vuelve a ser un niño
y su piedra no está golpeada por cien martillos.
Y es que a veces el niño se encuentra al diablo.
No es que el primero se haya perdido,
es que el segundo lo estaba buscando.
Y entonces se lo lleva.
Bajan juntos trescientos peldaños.
Se apagan las luces
y solo se escuchan gritos en la oscuridad.
Y yo voy detrás, a buscarlo,
pero tengo más miedo que él.
Me echo a llorar en mitad de su noche.
Me siento inútil. Me callo.
Intento parar el llanto.
Al final siempre es el niño el que coge mi mano.
El diablo no está.
Y subimos, escalón a escalón,
de vuelta a la luz.
El niño, que parece un adulto,
baja de la ventana.
Y se queda conmigo, me abraza.
Sonríe y me habla.
Hoy el niño ha bajado de la ventana,
y no ha hablado.
El niño hace música,
el niño escribe,
el niño juega
y, sobre todo,
el niño ríe.
A veces el niño se sienta en la ventana
a ver la gente pasar.
Entonces no habla,
y parece que ha envejecido cien años
y ya es de esos adultos de piedra.
Pero siempre baja,
y cuando lo hace,
el niño vuelve a ser un niño
y su piedra no está golpeada por cien martillos.
Y es que a veces el niño se encuentra al diablo.
No es que el primero se haya perdido,
es que el segundo lo estaba buscando.
Y entonces se lo lleva.
Bajan juntos trescientos peldaños.
Se apagan las luces
y solo se escuchan gritos en la oscuridad.
Y yo voy detrás, a buscarlo,
pero tengo más miedo que él.
Me echo a llorar en mitad de su noche.
Me siento inútil. Me callo.
Intento parar el llanto.
Al final siempre es el niño el que coge mi mano.
El diablo no está.
Y subimos, escalón a escalón,
de vuelta a la luz.
El niño, que parece un adulto,
baja de la ventana.
Y se queda conmigo, me abraza.
Sonríe y me habla.
Hoy el niño ha bajado de la ventana,
y no ha hablado.
Quizás ya sabe,
que yo soy el diablo.
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lunes, 2 de septiembre de 2013
A circle that leads to nowhere
- La vida se gasta; quiero decir, que se consume, tío.
Y da otra calada al cigarrillo, casi quemándose los dedos.
No tengo ni puta idea de lo que está hablando.
- ¿Qué coño dices?
- Nada, joder. Bueno, no sé. Nunca es lo mismo ¿no?
- ¿Esto es por Nancy?
- Que no, tío, no tiene nada que ver con ella. Pero, joder, ¿no te das cuenta? Nunca es lo mismo.
- Es por Nancy.
- Es que necesito saber que cada vez será diferente.
- ¿Mejor?
- No, solo otra cosa.
- ¿Por qué?
- Porque si no, ¿qué sentido tiene?
El filtro medio chamuscado que sostenía se le cae de entre los dedos, dejando una mancha de ceniza en la alfombra.
- Claro, tío -digo, nada seguro de a qué me estoy refiriendo-, nunca es lo mismo. La primera vez, la segunda, la tercera... cada vez es esa vez.
- Nancy se ha ido, esta vez para siempre
- Que putada... -digo, sin levantar la vista de mis cordones manchados de barro- Estás mejor sin ella, era una zorra.
Empieza a vibrar mi teléfono en el bolsillo trasero del pantalón. Es ella. Es Nancy.
- Eh, tío -le digo-, tengo que irme; es mi madre, ya sabes, con su puta locura seguro que quiere que vaya a abrir una de esas latas de judías que se empeña en comprar aunque no es capaz de abrir nunca...
Él asiente sin decir nada, mientras busca en los bolsillos interiores de su chaqueta otro cigarrillo. Tengo que controlarme para no echar a correr del calentón que llevo.
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miércoles, 28 de agosto de 2013
No love, no glory
No hay héroes en las cicatrices. Nunca tienen finales felices las guerras, y siempre ganan "los buenos".
Cuando yo miraba, solo veía ese dolor, que lo cubría todo. Ese pasado que gritaba tan fuerte que no se podía apenas escuchar el presente (ni hablar entonces del futuro). Solo veía que tras las paredes de piedra, las barricadas, había un soldado asustado, temiendo por su vida; queriendo morir cuanto antes, porque, después de matar a otro hombre, es imposible volver a casa y sonreír, y vivir, y hacer como si nada. Hay una brecha. Para eso son las cicatrices; para recordarte que, tras la herida, no se puede volver a ser igual. Que lo que se pierde, nunca se encuentra; aunque vuelva.
Y supongo que en ese dolor, silencioso y desesperado, me vi también a mí. Con mis fracasos a rastras. Y mi miedo a no ser capaz de amar, y mis mil errores, y mis aciertos fallidos. Porque éramos ese antítesis, yo, siempre exenta de culpa, y siempre culpable. Y él, siempre acusado, y... bueno, ya sabemos cómo son estas cosas. Que la presunción de inocencia nunca se estiló en su vida. Mis manos manchadas de sangre ajena, y las suyas de la propia. Y los dos teníamos pesadillas por las noches. Y ese dolor al tocar.
Ese miedo a tener cualquier cosa, por la puta sensación de no merecer nada, o de no ser capaz de corresponder, de mantener algo bueno. Yo qué sé.
La cuestión es que fue ese dolor, que tanto atrae a ciertas personas, como el fuego a las polillas, que me abrasó. Y las polillas, que realmente nunca han sido quemadas, no podían ni imaginar las cicatrices de este fuego: marcas bajo la piel, un grito constante saliendo del pecho. El dolor. Como una piedra hundiéndose en el agua; atada a tus tobillos. Y fue por ese dolor que me quemó, como solo lo hacen los espejos, que bajé a buscarlo. A cantar en el infierno. Pagar un viaje sin la esperanza del billete de vuelta. Para cauterizar la herida, para lavar una cara manchada y prometer que el mundo tiene, a la fuerza, que ser mejor que todo esto.
Porque desde un principio se trató de no esperar nada a cambio, se trató de un peregrinaje sin final feliz. No había cura para las heridas que ya cerraron, aunque sigan sangrando; no había un objetivo o un logro. No iba a haber más que los viejos recuerdos, los mismos cadáveres, los errores cometidos. Se trató siempre del viaje, y no del destino.
Por eso no hay héroes en las cicatrices, sino en el silencio y hasta el desprecio. Mártires.
Y en las guerras nunca hay finales felices, porque, se viva o se muera, no se recupera aquello por lo que se luchaba; y la vida se pierde igual.
Cuando yo miraba, solo veía esos reveses que da la vida, que no se pueden curar, porque llegaron, se comieron los deseos, y se fueron.
Solo veía que no te pueden borrar las decepciones y la soledad pasada.
Pero es que nunca se trató de luchar contra fantasmas, sino de vivir felices, a pesar de ellos.
Ser feliz es la mayor victoria
y no sobre nada ni nadie,
sino para con uno mismo.
Cuando yo miraba, solo veía ese dolor, que lo cubría todo. Ese pasado que gritaba tan fuerte que no se podía apenas escuchar el presente (ni hablar entonces del futuro). Solo veía que tras las paredes de piedra, las barricadas, había un soldado asustado, temiendo por su vida; queriendo morir cuanto antes, porque, después de matar a otro hombre, es imposible volver a casa y sonreír, y vivir, y hacer como si nada. Hay una brecha. Para eso son las cicatrices; para recordarte que, tras la herida, no se puede volver a ser igual. Que lo que se pierde, nunca se encuentra; aunque vuelva.
Y supongo que en ese dolor, silencioso y desesperado, me vi también a mí. Con mis fracasos a rastras. Y mi miedo a no ser capaz de amar, y mis mil errores, y mis aciertos fallidos. Porque éramos ese antítesis, yo, siempre exenta de culpa, y siempre culpable. Y él, siempre acusado, y... bueno, ya sabemos cómo son estas cosas. Que la presunción de inocencia nunca se estiló en su vida. Mis manos manchadas de sangre ajena, y las suyas de la propia. Y los dos teníamos pesadillas por las noches. Y ese dolor al tocar.
Ese miedo a tener cualquier cosa, por la puta sensación de no merecer nada, o de no ser capaz de corresponder, de mantener algo bueno. Yo qué sé.
La cuestión es que fue ese dolor, que tanto atrae a ciertas personas, como el fuego a las polillas, que me abrasó. Y las polillas, que realmente nunca han sido quemadas, no podían ni imaginar las cicatrices de este fuego: marcas bajo la piel, un grito constante saliendo del pecho. El dolor. Como una piedra hundiéndose en el agua; atada a tus tobillos. Y fue por ese dolor que me quemó, como solo lo hacen los espejos, que bajé a buscarlo. A cantar en el infierno. Pagar un viaje sin la esperanza del billete de vuelta. Para cauterizar la herida, para lavar una cara manchada y prometer que el mundo tiene, a la fuerza, que ser mejor que todo esto.
Porque desde un principio se trató de no esperar nada a cambio, se trató de un peregrinaje sin final feliz. No había cura para las heridas que ya cerraron, aunque sigan sangrando; no había un objetivo o un logro. No iba a haber más que los viejos recuerdos, los mismos cadáveres, los errores cometidos. Se trató siempre del viaje, y no del destino.
Por eso no hay héroes en las cicatrices, sino en el silencio y hasta el desprecio. Mártires.
Y en las guerras nunca hay finales felices, porque, se viva o se muera, no se recupera aquello por lo que se luchaba; y la vida se pierde igual.
Cuando yo miraba, solo veía esos reveses que da la vida, que no se pueden curar, porque llegaron, se comieron los deseos, y se fueron.
Solo veía que no te pueden borrar las decepciones y la soledad pasada.
Pero es que nunca se trató de luchar contra fantasmas, sino de vivir felices, a pesar de ellos.
Ser feliz es la mayor victoria
y no sobre nada ni nadie,
sino para con uno mismo.
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martes, 6 de agosto de 2013
Breath
Bájame del pedestal rodeándome con tus brazos.
Dame un beso.
Deshazme las trenzas y finge que es casual
tu hombro tan cerca,
para que yo apoye la cabeza.
Desnúdame para meterme en el agua
quítame el collar de perlas
y el escudo
y las palabras.
Píntame la piel con los labios
y cúrame las cicatrices
como si aún hubiese remedio.
Y yo a cambio dejaré que me roben
las piedras de la fortaleza
para no tener que vivir más escondida
y protegida
de cualquiera que venga a ponerme un espejo delante
una ofrenda.
Dame un beso.
Deshazme las trenzas y finge que es casual
tu hombro tan cerca,
para que yo apoye la cabeza.
Desnúdame para meterme en el agua
quítame el collar de perlas
y el escudo
y las palabras.
Píntame la piel con los labios
y cúrame las cicatrices
como si aún hubiese remedio.
Y yo a cambio dejaré que me roben
las piedras de la fortaleza
para no tener que vivir más escondida
y protegida
de cualquiera que venga a ponerme un espejo delante
una ofrenda.
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domingo, 4 de agosto de 2013
Temple
Las puertas del templo, cerradas, guardan su interior del tiempo, de las plagas
de la humanidad.
Las puertas del templo no atienden a los gritos del guerrero. No parece que nadie esté escuchando
al otro lado.
La sangre riega las piedras, sedientas
de historias.
Y el guerrero respira siguiendo el latido del agua,
palpitan las sienes,
rezuma la tierra.
El viento, suave,
enfría el sudor de su frente.
Se muere.
Sus gritos son un aullido
pero no de dolor o pena,
es rabia.
El sol calienta.
Las puertas del templo, cerradas,
ven correr hacia ellas un reguero rojo,
oscuro.
Susurra la seda al contacto con la piel,
ella se arrodilla
y la tela blanca se empapa y se vuelve pesada.
Le rodea la cintura y le ayuda a levantarse.
Cae su escudo y su lanza.
El paisaje se balancea y todo se vuelve negro.
Cuando despierta las puertas del templo, cerradas, guardan su interior del tiempo, las plagas
de la humanidad.
Las heridas son ahora cicatrices rosas.
La noche cae en un azul que hace que el mundo parezca sumergido.
No la ve a ella. Tampoco recuerda más que sus manos y el blanco teñido de rojo.
Su escudo y su lanza en el suelo.
Se levanta, sin ayuda, y camina.
de la humanidad.
Las puertas del templo no atienden a los gritos del guerrero. No parece que nadie esté escuchando
al otro lado.
La sangre riega las piedras, sedientas
de historias.
Y el guerrero respira siguiendo el latido del agua,
palpitan las sienes,
rezuma la tierra.
El viento, suave,
enfría el sudor de su frente.
Se muere.
Sus gritos son un aullido
pero no de dolor o pena,
es rabia.
El sol calienta.
Las puertas del templo, cerradas,
ven correr hacia ellas un reguero rojo,
oscuro.
Susurra la seda al contacto con la piel,
ella se arrodilla
y la tela blanca se empapa y se vuelve pesada.
Le rodea la cintura y le ayuda a levantarse.
Cae su escudo y su lanza.
El paisaje se balancea y todo se vuelve negro.
Cuando despierta las puertas del templo, cerradas, guardan su interior del tiempo, las plagas
de la humanidad.
Las heridas son ahora cicatrices rosas.
La noche cae en un azul que hace que el mundo parezca sumergido.
No la ve a ella. Tampoco recuerda más que sus manos y el blanco teñido de rojo.
Su escudo y su lanza en el suelo.
Se levanta, sin ayuda, y camina.
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viernes, 5 de julio de 2013
El camino
- No hago más que cagarla.
- Si no haces más que cagarla es señal de que lo estás haciendo bien.
- Explícame esa teoría.
- Imagina que somos como esas personas que se pasan toda su vida jugando a la lotería; hemos tenido algún premio pequeño, nada importante. Cada día compramos un boleto y, cada día, comprobamos, después de que salgan los números, que no nos ha tocado el premio gordo.
Bien, pues eso es vivir. Vivir es cagarla, no una vez. La gente que dice "sufrí mucho, me estrellé, la vida duele", esas personas no saben lo que es vivir. Vivir es cagarla, una y otra y otra vez. Como un tonto. Como comprar cada día un puto boleto de lotería, sabiendo que no te va a tocar. Porque no toca nunca. Porque, en verdad, el premio gordo no existe. El premio gordo es un vacile. Y lo sabemos. Pero seguimos jugando.
En realidad, ¿queremos ese dinero?¿qué haríamos con él?
Quizás hasta el final no lo admitamos (y puede que ni entonces), pero jugábamos por jugar, por los números, por el papel, por perder y por volver al día siguiente, a lo mismo.
Resumiendo, tuvimos, cada día de nuestra vida, un objetivo, una ilusión.
Lo que cuenta no es la meta, es el camino.
Diosas de pedestal adictas a la bonoloto. Valquirias de sangre caliente. El premio gordo.
Es un vacile.
Juega conmigo.
- Si no haces más que cagarla es señal de que lo estás haciendo bien.
- Explícame esa teoría.
- Imagina que somos como esas personas que se pasan toda su vida jugando a la lotería; hemos tenido algún premio pequeño, nada importante. Cada día compramos un boleto y, cada día, comprobamos, después de que salgan los números, que no nos ha tocado el premio gordo.
Bien, pues eso es vivir. Vivir es cagarla, no una vez. La gente que dice "sufrí mucho, me estrellé, la vida duele", esas personas no saben lo que es vivir. Vivir es cagarla, una y otra y otra vez. Como un tonto. Como comprar cada día un puto boleto de lotería, sabiendo que no te va a tocar. Porque no toca nunca. Porque, en verdad, el premio gordo no existe. El premio gordo es un vacile. Y lo sabemos. Pero seguimos jugando.
En realidad, ¿queremos ese dinero?¿qué haríamos con él?
Quizás hasta el final no lo admitamos (y puede que ni entonces), pero jugábamos por jugar, por los números, por el papel, por perder y por volver al día siguiente, a lo mismo.
Resumiendo, tuvimos, cada día de nuestra vida, un objetivo, una ilusión.
Lo que cuenta no es la meta, es el camino.
Diosas de pedestal adictas a la bonoloto. Valquirias de sangre caliente. El premio gordo.
Es un vacile.
Juega conmigo.
Es curioso que, en inglés, a la suerte la llamen
oportunidad
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De cuando la libélula observa su rostro en las aguas,
More than Fairy Tales,
Susurros que vuelan más alto que las libélulas,
Una de saludos y despedidas
martes, 2 de julio de 2013
Qué suerte ser zurda.
Huelo,
el olor de tu piel cuando eres tú,
y es un aroma suave,
cálido. Es como bañarse de noche en el mar.
Es como volver cien veces allá donde quieres estar.
Beso,
esa línea de tu mandíbula.
Desde ahí no te veo los labios,
pero puedo imaginar que sonríes
y refugiarme entre tu cuello y tu oreja izquierda.
Toco,
centímetro a centímetro,
los rincones de un pecho y un vientre.
A veces con intenciones conquistadoras
(otras por el placer de nadar contracorriente).
Río,
me gustan estos ojos del color de algún mar.
Cuando miran y son oscuros,
profundos.
Y están vivos.
No sé a qué ejércitos me alisté,
pero en alguna parte estoy ganando una guerra.
Aunque muchas veces jugase solo por tirar la bandera;
hoy de verdad lucho, con el pelo ensangrentado
y los ojos nunca cautivos.
Muerdo para ganar.
Canto, bailo.
No hay mayor victoria
que el vencerse a uno mismo.
Tratarse bien.
Me han salido alas en los costados;
siempre pensé que sería en la espalda,
pero no.
Bien.
Que sepas que estoy viviendo,
sintiendo,
riendo y planeando.
Tengo toda la intención de correr
hasta acabar sangrando.
Qué suerte ser zurda
y vivir del lado equivocado.
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De cuando la libélula observa su rostro en las aguas,
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Solo eso
Podría decirte eso de que es solo sexo,
exceso de calor,
ganas de un escalofrío.
Pero el sexo no es nunca
solo eso.
Es que tienes que ser tú
quien venga
a empujarme contra esa pared,
a cogerme por las muñecas
y sacar la ansiedad a mordiscos
y a golpes de caderas.
A follar mil veces con la mirada
antes de quitarse la ropa.
A empujones de lengua,
alientos en el pecho.
Los ojos,
traviesos.
Las manos,
perdidas en otros derroteros.
Podría morderme los labios mientras asiento,
haciendo como que no te estoy comiendo
con los ojos, con las piernas,
con la lengua.
Y no decir que te imagino
sin ropa,
despeinado,
sudado
y jadeante.
Podría dejar de mirarte así,
mirar para otro lado.
Pero es que el sexo nunca es
solo eso.
exceso de calor,
ganas de un escalofrío.
Pero el sexo no es nunca
solo eso.
Es que tienes que ser tú
quien venga
a empujarme contra esa pared,
a cogerme por las muñecas
y sacar la ansiedad a mordiscos
y a golpes de caderas.
A follar mil veces con la mirada
antes de quitarse la ropa.
A empujones de lengua,
alientos en el pecho.
Los ojos,
traviesos.
Las manos,
perdidas en otros derroteros.
Podría morderme los labios mientras asiento,
haciendo como que no te estoy comiendo
con los ojos, con las piernas,
con la lengua.
Y no decir que te imagino
sin ropa,
despeinado,
sudado
y jadeante.
Podría dejar de mirarte así,
mirar para otro lado.
Pero es que el sexo nunca es
solo eso.
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lunes, 1 de julio de 2013
un orgasmo
¿Qué es la felicidad?
¿Qué coño va a ser?
Es cuando tienes un orgasmo.
Eso de que, aunque estés bien jodido,
o aunque no ames a la persona
que entra y sale de ti,
por un puto momento
te sientes bien,
mejor.
Uno no puede sentirse desdichado si está teniendo un orgasmo. Puede sentirse mal antes o, probablemente, después. Pero no puede sentirse mal durante.
¿Lo entiendes?
Eso es la felicidad. Un instante entre toda la mierda, o no. Pero un instante. Un segundo en el que amas sin pensar, en el que ríes sin chiste y en el que sonríes solo por tu propio cuerpo.
Podrías morirte, te da igual. Eso es la felicidad.
Luego todo pasa. Te sientes desnudo y cansado. Quizás te des cuenta de que la persona que está tirada a tu lado no es la persona. Quizás te echen, quizás eches. Puedes llorar treinta segundos después de la felicidad. Toda una noche. Porque ser feliz tres segundos no te otorga un escudo protector para el resto del día (mucho menos de tu vida). Eres feliz tres segundos.
El tiempo que dura un cruce de miradas cómplice en un semáforo, en una librería. El tiempo que se tarda antes del beso, cuando los alientos están tan juntos que se hace un beso egipcio, intercambiando almas. El tiempo que dura un puñetero orgasmo o lo que tardas en quitarte una camiseta, baile sexy incluido.
Porque en la vida todo lo realmente bueno y necesitado es frenético.
Y la felicidad es un destello que no dura apenas nada. Es esa luz clara y parpadeante que a veces ponen en las discotecas; y lo ves todo negro y blanco, a intervalos. Es cuando en el momento blanco ves unos ojos que te miran. Negro. Y tú contienes la respiración tres segundos, con la mirada fija en la oscuridad, esperando el blanco otra vez. Ya estás teniendo un orgasmo.
Eso es la felicidad, ¿no?
¿Qué coño va a ser?
Es cuando tienes un orgasmo.
Eso de que, aunque estés bien jodido,
o aunque no ames a la persona
que entra y sale de ti,
por un puto momento
te sientes bien,
mejor.
Uno no puede sentirse desdichado si está teniendo un orgasmo. Puede sentirse mal antes o, probablemente, después. Pero no puede sentirse mal durante.
¿Lo entiendes?
Eso es la felicidad. Un instante entre toda la mierda, o no. Pero un instante. Un segundo en el que amas sin pensar, en el que ríes sin chiste y en el que sonríes solo por tu propio cuerpo.
Podrías morirte, te da igual. Eso es la felicidad.
Luego todo pasa. Te sientes desnudo y cansado. Quizás te des cuenta de que la persona que está tirada a tu lado no es la persona. Quizás te echen, quizás eches. Puedes llorar treinta segundos después de la felicidad. Toda una noche. Porque ser feliz tres segundos no te otorga un escudo protector para el resto del día (mucho menos de tu vida). Eres feliz tres segundos.
El tiempo que dura un cruce de miradas cómplice en un semáforo, en una librería. El tiempo que se tarda antes del beso, cuando los alientos están tan juntos que se hace un beso egipcio, intercambiando almas. El tiempo que dura un puñetero orgasmo o lo que tardas en quitarte una camiseta, baile sexy incluido.
Porque en la vida todo lo realmente bueno y necesitado es frenético.
Y la felicidad es un destello que no dura apenas nada. Es esa luz clara y parpadeante que a veces ponen en las discotecas; y lo ves todo negro y blanco, a intervalos. Es cuando en el momento blanco ves unos ojos que te miran. Negro. Y tú contienes la respiración tres segundos, con la mirada fija en la oscuridad, esperando el blanco otra vez. Ya estás teniendo un orgasmo.
Eso es la felicidad, ¿no?
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vis-a-vis
Me miras a los ojos y tú no dices nada. Pero yo puedo oír cómo me hablas, en suspiros, de tus miedos.
¿Sabes cómo lo sé? Porque yo también los tengo. Así sé todo lo que sé, lo veo porque yo también lo llevo.
¿Y qué quieres que te diga? Que la vida es bien jodida y yo tengo una espada de fuego, espada de juguete de fuego, de fuego de juguete. Da igual. Para espantar a los monstruos, un rato. Luego vuelven, porque con el tiempo descubren la trampa, y nos comen a los dos.
Que parece que estamos hechos para hacer daño y para dar un poco de amor, lo justo para que otros se enganchen a nuestra voz. Y marcharnos sintiéndonos monstruos y asesinos. Hasta el punto de que a mí misma me da miedo mi espada de fuego. De juguete. Un tiempo. Nunca el suficiente, ¿no? Porque siempre volvemos a la carga, destrozando corazones sin-querer, por no saber querernos.
Que quizás en el fondo sólo buscamos a alguien que sí sepa hacerlo, no solo querernos, sino enseñarnos. Alguien que no necesite espada, y a quien no le den miedo nuestras garras, nuestras armas.
Que tenemos la lengua muy afilada, las uñas muy largas, los dientes, muchos. Pero sobre todo tenemos esa mirada, fría, indiferente; que es capaz de reducir a cenizas sin previa llama. No calienta. Esa mirada que es una mentira enorme, que lo sé, pero sigue siendo efectiva. La mirada de: "déjame, sal de mi vida. No vales nada aquí, no te quiero; aquí".
¿Que cómo lo sé? Vamos hombre, yo también la tengo. Si fuésemos armas vendríamos de la misma fábrica. Por eso no tienes que decir nada para que lo sepa todo. Y yo no digo nada, doy por hecho que sabes que sé. Aunque no es así. Y sí.
Porque, como he dicho, necesita(mo)s una demostración. Un primer paso, siempre ajeno, que hable, y diga esto que sé.
Que yo también ando perdida. Que yo también quiero que me quieran, que me deseen. Y cuando eso ocurre no sé que hacer con ello. Y me siento a llorar en silencio, con un ejército de esclavos que no ven más allá de mis clavículas en penumbras, entre embestida y embestida.
Que todos queremos ser salvados. Pero algunos, además, lo necesitamos muy en serio. Que nos enseñen a vivir sin monstruos, que nos enseñen que un abrazo no es solo piel con piel. Es proteger al otro con tu propio cuerpo.
Me miras a los ojos y no dices nada. Creo que esta(mo)s empezando a activar esa mirada. Prueba de fuego. Soy débil. De mis cenizas, más que un fénix, renace una carta quemada que ya ni se puede leer. Diremos que es una carta de amor, pero seguro que era una factura. Mejor.
Que no puedo soltar tu mano ni aunque esté lejos y perdida. Porque sería soltarme a mí. O, peor aún, soltarte a ti.
Y un abrazo, o un polvo, cuando se hace bien, no es solo piel con piel; es dejar entrar al otro dentro, para que te proteja en la caída, en el frío. Es cogerse fuerte y afrontar el destino. Por eso es tan importante.
¿Te lo han enseñado?
No lo sé. Sígueme mirando. Yo creo que no. Lo sé porque lo sabe Tyler. Lo sé porque yo también lo siento. Por eso no puedo soltar esta mano, aunque me ahogue, aunque me pierda y me vaya muy lejos.
Me miras a los ojos y no dices nada.
Pero yo puedo oír cómo me hablas,
y, de lo que dices, nada me sorprende,
por eso no puedo dejar de mirarte a los ojos.
¿Sabes cómo lo sé? Porque yo también los tengo. Así sé todo lo que sé, lo veo porque yo también lo llevo.
¿Y qué quieres que te diga? Que la vida es bien jodida y yo tengo una espada de fuego, espada de juguete de fuego, de fuego de juguete. Da igual. Para espantar a los monstruos, un rato. Luego vuelven, porque con el tiempo descubren la trampa, y nos comen a los dos.
Que parece que estamos hechos para hacer daño y para dar un poco de amor, lo justo para que otros se enganchen a nuestra voz. Y marcharnos sintiéndonos monstruos y asesinos. Hasta el punto de que a mí misma me da miedo mi espada de fuego. De juguete. Un tiempo. Nunca el suficiente, ¿no? Porque siempre volvemos a la carga, destrozando corazones sin-querer, por no saber querernos.
Que quizás en el fondo sólo buscamos a alguien que sí sepa hacerlo, no solo querernos, sino enseñarnos. Alguien que no necesite espada, y a quien no le den miedo nuestras garras, nuestras armas.
Que tenemos la lengua muy afilada, las uñas muy largas, los dientes, muchos. Pero sobre todo tenemos esa mirada, fría, indiferente; que es capaz de reducir a cenizas sin previa llama. No calienta. Esa mirada que es una mentira enorme, que lo sé, pero sigue siendo efectiva. La mirada de: "déjame, sal de mi vida. No vales nada aquí, no te quiero; aquí".
¿Que cómo lo sé? Vamos hombre, yo también la tengo. Si fuésemos armas vendríamos de la misma fábrica. Por eso no tienes que decir nada para que lo sepa todo. Y yo no digo nada, doy por hecho que sabes que sé. Aunque no es así. Y sí.
Porque, como he dicho, necesita(mo)s una demostración. Un primer paso, siempre ajeno, que hable, y diga esto que sé.
Que yo también ando perdida. Que yo también quiero que me quieran, que me deseen. Y cuando eso ocurre no sé que hacer con ello. Y me siento a llorar en silencio, con un ejército de esclavos que no ven más allá de mis clavículas en penumbras, entre embestida y embestida.
Que todos queremos ser salvados. Pero algunos, además, lo necesitamos muy en serio. Que nos enseñen a vivir sin monstruos, que nos enseñen que un abrazo no es solo piel con piel. Es proteger al otro con tu propio cuerpo.
Me miras a los ojos y no dices nada. Creo que esta(mo)s empezando a activar esa mirada. Prueba de fuego. Soy débil. De mis cenizas, más que un fénix, renace una carta quemada que ya ni se puede leer. Diremos que es una carta de amor, pero seguro que era una factura. Mejor.
Que no puedo soltar tu mano ni aunque esté lejos y perdida. Porque sería soltarme a mí. O, peor aún, soltarte a ti.
Y un abrazo, o un polvo, cuando se hace bien, no es solo piel con piel; es dejar entrar al otro dentro, para que te proteja en la caída, en el frío. Es cogerse fuerte y afrontar el destino. Por eso es tan importante.
¿Te lo han enseñado?
No lo sé. Sígueme mirando. Yo creo que no. Lo sé porque lo sabe Tyler. Lo sé porque yo también lo siento. Por eso no puedo soltar esta mano, aunque me ahogue, aunque me pierda y me vaya muy lejos.
Me miras a los ojos y no dices nada.
Pero yo puedo oír cómo me hablas,
y, de lo que dices, nada me sorprende,
por eso no puedo dejar de mirarte a los ojos.
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De cuando la libélula observa su rostro en las aguas,
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jueves, 27 de junio de 2013
Quemar el tablero
El desconocido de ese bar de miércoles pasadas las dos de la madrugada se hace el duro.
Ella, ofendida, porque cada vez que entrega el mecanismo de sus piernas, entrega también el de su corazón, mueve ficha entrando en un juego que nunca le ha gustado (igual que no le gusta el sabor del alcohol que bebe con tanta avidez).
- Sé que duermes solo la mayoría de las noches.
- Y tú -responde él con media sonrisa, conociendo el juego a la perfección.
- Sí, pero yo lo hago las noches en las que me valoro lo suficiente como para ir a casa sola, y masturbarme.
Ella le guiña un ojo y se va, con el vientre ardiendo y la lengua inquieta, pero con los tacones anclados en la puerta, en la calle y en su cama, fría y enorme. No hay vuelta atrás.
A veces solo se entra en el juego para quemar el tablero.
Ella, ofendida, porque cada vez que entrega el mecanismo de sus piernas, entrega también el de su corazón, mueve ficha entrando en un juego que nunca le ha gustado (igual que no le gusta el sabor del alcohol que bebe con tanta avidez).
- Sé que duermes solo la mayoría de las noches.
- Y tú -responde él con media sonrisa, conociendo el juego a la perfección.
- Sí, pero yo lo hago las noches en las que me valoro lo suficiente como para ir a casa sola, y masturbarme.
Ella le guiña un ojo y se va, con el vientre ardiendo y la lengua inquieta, pero con los tacones anclados en la puerta, en la calle y en su cama, fría y enorme. No hay vuelta atrás.
A veces solo se entra en el juego para quemar el tablero.
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miércoles, 26 de junio de 2013
Reflejos
Paso frente a un espejo y me pregunto qué habrá visto esa superficie lisa y fría. Cuántos rostros, cuántos cuerpos desnudos, cuántos últimos alientos.
Al pie de la cama, el espejo, observa. Ahora me observa a mí, con la misma indiferencia con que absorberá mi reflejo y no dejará señal de él una vez me haya ido.
Pero yo sé que ya soy suya y él sabe que ya es mío. Así funcionan los espejos: te tragan y te dan un destello.
La misma sala durante años y años, el mismo cielo. Pero esta vez eres tú, igual que cada vez es otro.
Ahora, hasta que alguien vuelva a atravesar esta realidad, eres tú quien se ha grabado en la retina del cristal. Y, a su vez, el espejo te ha grabado a ti mismo en tu pecho.
Has pasado tú, yo hace años que me fui. Pero al otro lado me relevas y compartimos un espacio y un silencio.
El fantasma del espejo. Me enamoré desde tan lejos.
Pero es fugaz, porque ahora tú serás el fantasma del espejo.
Al pie de la cama, el espejo, observa. Ahora me observa a mí, con la misma indiferencia con que absorberá mi reflejo y no dejará señal de él una vez me haya ido.
Pero yo sé que ya soy suya y él sabe que ya es mío. Así funcionan los espejos: te tragan y te dan un destello.
La misma sala durante años y años, el mismo cielo. Pero esta vez eres tú, igual que cada vez es otro.
Ahora, hasta que alguien vuelva a atravesar esta realidad, eres tú quien se ha grabado en la retina del cristal. Y, a su vez, el espejo te ha grabado a ti mismo en tu pecho.
Has pasado tú, yo hace años que me fui. Pero al otro lado me relevas y compartimos un espacio y un silencio.
El fantasma del espejo. Me enamoré desde tan lejos.
Pero es fugaz, porque ahora tú serás el fantasma del espejo.
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martes, 25 de junio de 2013
"Encuentra lo que amas y deja que te mate"
En una habitación inundada por el humo del tabaco B. entrecierra los ojos. Lleva lentillas aunque no haya nadie a quien enseñar la elocuencia que adquiere su mirada desnuda, simplemente porque la montura de sus gafas le hace sentir que el mundo es más estrecho.
Las paredes de la sala, pintadas de un azul muy poco discreto, se impregnan del olor de la tela sucia del sofá, de los cigarrillos pasados y del ron derramado sobre las baldosas. Es una psicofonía olfativa, seguro que tiene un nombre concreto, pero no nos importa. Los fantasmas de estos días quedarán impregnados en las paredes, para que, en el futuro, aquel que entre, huela cada momento de encierro y pensamiento que se impregnó a esa pintura azul tan poco discreta.
B. piensa en lo que ama, y cómo lo que le está matando no tiene nada que ver con lo que ama. Se mata a sí mismo, que está muy lejos de ser ella, que es lo que debería matarle.
No piensa en su voz o en su pelo recogido. La parte de ella que le debería matar son sus ojos, y sus gemidos; la piel de sus muslos y su aliento sobre el cuello. Su risa, cambiaría todo eso por su risa, que mata tanto más en cuanto que él no tiene esa fuerza para sacar del nudo de la garganta tanta luz.
Las paredes, años después, siguen contando la historia del tabaco, el alcohol y los desperdicios humanos de B.. No sabemos si murió o no, si nos ciñésemos a lo que narra ese azul tan poco discreto, ya estaba muerto mucho antes del tabaco, el alcohol y el sudor, el semen y la saliva. Quizás ella le devolvió la vida solo para matarlo después. Quizás le dejó vivir. O quizás siguió matando lo que quedaba de su cuerpo él solo, torturándose con el recuerdo de aquella que amaba y que no estuvo lo suficiente como para dejar su aroma entre estos muros que tan vagamente esclarecen el fin de B.
Ella, por su parte, en ropa interior, en el sofá, en una sala de cortinas verdes, muy discretas, pensaba que B. tenía la fuerza suficiente para matarla -y amarla-, y era feliz.
No sabemos qué pasó, porque sus cortinas eran muy discretas y no han querido hablar.
Las paredes de la sala, pintadas de un azul muy poco discreto, se impregnan del olor de la tela sucia del sofá, de los cigarrillos pasados y del ron derramado sobre las baldosas. Es una psicofonía olfativa, seguro que tiene un nombre concreto, pero no nos importa. Los fantasmas de estos días quedarán impregnados en las paredes, para que, en el futuro, aquel que entre, huela cada momento de encierro y pensamiento que se impregnó a esa pintura azul tan poco discreta.
B. piensa en lo que ama, y cómo lo que le está matando no tiene nada que ver con lo que ama. Se mata a sí mismo, que está muy lejos de ser ella, que es lo que debería matarle.
No piensa en su voz o en su pelo recogido. La parte de ella que le debería matar son sus ojos, y sus gemidos; la piel de sus muslos y su aliento sobre el cuello. Su risa, cambiaría todo eso por su risa, que mata tanto más en cuanto que él no tiene esa fuerza para sacar del nudo de la garganta tanta luz.
Las paredes, años después, siguen contando la historia del tabaco, el alcohol y los desperdicios humanos de B.. No sabemos si murió o no, si nos ciñésemos a lo que narra ese azul tan poco discreto, ya estaba muerto mucho antes del tabaco, el alcohol y el sudor, el semen y la saliva. Quizás ella le devolvió la vida solo para matarlo después. Quizás le dejó vivir. O quizás siguió matando lo que quedaba de su cuerpo él solo, torturándose con el recuerdo de aquella que amaba y que no estuvo lo suficiente como para dejar su aroma entre estos muros que tan vagamente esclarecen el fin de B.
Ella, por su parte, en ropa interior, en el sofá, en una sala de cortinas verdes, muy discretas, pensaba que B. tenía la fuerza suficiente para matarla -y amarla-, y era feliz.
No sabemos qué pasó, porque sus cortinas eran muy discretas y no han querido hablar.
...Porque de todas las cosas que te matarán, lenta o rápidamente, es mucho mejor ser asesinado por un amante.
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