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martes, 11 de febrero de 2014

Aniversario de agradecimientos

Hoy hace un año.
Un año de todo esto, de todos vosotros. De tanto veneno entre amaneceres blancos y tantas espinas acaparando un rayo de sol.
Hoy, esta noche, hace un año de la primera grieta de este agujero...
Con su bar de luces bajas, y sentados en el suelo. Y su frío de febrero.
Sus caras desconocidas, que nunca llegaron a ser conocidas, más que después de caer las máscaras y desatarse las garras.
Las puertas del infierno entre las lluvias de Abril.
Esos amigos de pechos cálidos, desgarrando la carne a bocados, queriendo devorarte y encerrarte en sus entrañas. La sangre, que brama.
Aquí, hace un año, los amigos, las comprensivas manos, los violentos labios... Aquí, los amigos y sus correas, promesas.
Hoy hace un año de mi gilos, los monstruos de ojos verdes que no tenían nada de ese verde de otros ojos. Pero monstruos, al fin y al cabo. Y verde era su sangre, y verde su piel. Y esta vez sí, ojos de fría plata. Muertos por dentro, hediondos por fuera. Mi gilos, las serpientes, los gusanos... Hoy hace un año de aquellas puertas al infierno, de mi hilos de marioneta. De mi carne abierta y manos entrando y cogiendo. Esas ganas constantes del golpe definitivo, de no dormir, de no comer. Aquella espiral de invierno que me agarró por los tobillos, y la luz artificial de las bombillas y su manera de decir "todo va bien". La piel que huye, que sufre. Todo bajo los pies derrumbándose, y mis ruinas volviéndose arena y ceniza. Lágrimas.
Ese agujero negro en el que agonizas, nadie que vea, nadie que conozca, nadie que sepa.
Mis queridos monstruos de ojos castaños, oscuros, muertos. Mis queridos amigos, hoy cumplimos un año. Al menos yo, no tanto vosotros, que en lugar de morir, matasteis. Pero no creáis que no sé de vuestro dolor, amigos. No habéis sido silenciosos, ni comprensivos, ni generosos. Teníais lenguas viperinas y las usasteis bien. No creáis que todos esos gritos de víctimas, vuestros balidos y quejas... no creáis que no fueron escuchados. Teníais ese canto de sirena acusador, ese llanto de cadenas. Vuestras heridas autoinflingidas. He visto los cortes en vuestras muñecas. No penséis que no sé lo que habéis sufrido, porque me lo habéis hecho saber, de todas las maneras posibles. Vosotros, humildes y amorosos amigos. Mis monstruos de ojos oscuros, de dientes afilados. Aferrados a la poca luz que le quedaban a quienes, con sus propios monstruos dentro, podían aún sentir nacer la primavera, bajo sus pies.
Mi gilos, mis hilos, mi veneno reptiliano... ¡Qué alegría y regocijo!
Hoy hace un año que clavé los clavos de mi propio ataúd. No penséis ninguno que os culpo de nada. Soy consciente de que yo misma entregué mi cuerpo al fuego, antes que al tedio. Soy consciente de que me ofrecí como alimento de las bestias. Me inmolé entre las noches del equinoccio.
No penséis que es ironía, porque morí. Y renací, como el ángel caído. Solo que yo era humana, y rota, y no podía caer mucho más. Solo que el cielo estaba muy lejos de mí, yo no tenía nada de ángel, ni de divino. No tenía ni fe.
Y hoy hace un año de aquellas atractivas puertas del infierno. Del alambre de espino desollando los restos de la nada y su vacío.

Y todo para que me rompiese en mil pedazos. Todo para hacerme esos agujeros para respirar, agujeros que llené de él, y de tantas cosas buenas que creí que no existían y cuya ausencia me fue dejando hueca. Agujeros por los que se coló un futuro mejor, una vida mejor, algo más que sobrevivir. Humanidad, identidad.

Hoy, entonces, hace un año que empecé el camino. Hace un año que me hice esclava y vasalla solo para liberarme. Para poder ver el sol. Hace un año que, con el pelo como bandera ardiente, reduje a cenizas todo. Estuve sola y perdida. Estuve a merced de mis monstruos y los de otros. Y no creáis que hablo solo por mí, tengo aún en la cara el dolor que me escupisteis, y la culpa adjudicada. No creáis que no recuerdo, ni que me eximo de culpa. No, no olvido. La culpa que tuve la mantengo siempre en mente, para no doblegar mi voluntad o agachar la cabeza, nunca más bajo hilos y gritos acusadores.
Gracias, amigos. Sé que nadie olvida, yo tampoco.
Feliz aniversario.






Y si alguien se da por aludido,
que haga examen de conciencia.




la gente herida es peligrosa, sabre cómo sobrevivir.






martes, 26 de noviembre de 2013

Son of the sea

No volveré a llamar al mar de otra forma
que no sea con tu nombre.
Que llevas la sal enredada en el pelo,
el color de su verano en los ojos
y en la voz, el sonido de las olas
cuando se abraza a las rocas. 

martes, 15 de octubre de 2013

Vienen a por mí, un martes de otoño cualquiera

A veces siento como que todo ya está gastado.
Ya fue mejor, más grande, más brillante, más nuevo, más hermoso.
Ya fue.
Y yo soy cenizas.
A veces siento como que todo ya pasó
y yo soy los rescoldos de la hoguera que abrasó corazones.
Y entonces
siempre tarde y mal.

jueves, 1 de agosto de 2013

Antes de dormirme

De esto que te sientas delante del teclado. Y te duele la cabeza, pero como si hiciese siglos que no duermes. Y no sé qué coño escribir. No sé si la vida toma una dirección u otra. Ni qué haré en unos días. No tengo a dónde ir. Ni en quién delegar. Ni a quién llamar en mitad de la noche. Porque he tenido una pesadilla, he soñado que despertaba y todo seguía así. Y yo ya no tengo el valor para seguir.
He soñado que el alcohol me hacía decir verdades que no recuerdo si creía o no. Y ahora tengo dos meses que me miran desafiantes. Es el fin del camino. De aquí en adelante, sin putas manos. Y mal empezamos la carrera, si llevo así de golpeadas las piernas. 
Me meto en la cama, sin almohada. Y aprieto fuerte los ojos.
Tengo tanto que dar que me estoy desgarrando, en canal.

- ¿Tú también sueñas con gente que te abraza?
- Sí, pero antes de dormirme.

Y asoma una lágrima y ese cosquilleo debajo del vientre.

Dime que no soy tan mala,
que aún tengo una puta posibilidad.
Que todo sigue igual.

lunes, 1 de julio de 2013

vis-a-vis

Me miras a los ojos y tú no dices nada. Pero yo puedo oír cómo me hablas, en suspiros, de tus miedos.
¿Sabes cómo lo sé? Porque yo también los tengo. Así sé todo lo que sé, lo veo porque yo también lo llevo.



¿Y qué quieres que te diga? Que la vida es bien jodida y yo tengo una espada de fuego, espada de juguete de fuego, de fuego de juguete. Da igual. Para espantar a los monstruos, un rato. Luego vuelven, porque con el tiempo descubren la trampa, y nos comen a los dos.
Que parece que estamos hechos para hacer daño y para dar un poco de amor, lo justo para que otros se enganchen a nuestra voz. Y marcharnos sintiéndonos monstruos y asesinos. Hasta el punto de que a mí misma me da miedo mi espada de fuego. De juguete. Un tiempo. Nunca el suficiente, ¿no? Porque siempre volvemos a la carga, destrozando corazones sin-querer, por no saber querernos.
Que quizás en el fondo sólo buscamos a alguien que sí sepa hacerlo, no solo querernos, sino enseñarnos. Alguien que no necesite espada, y a quien no le den miedo nuestras garras, nuestras armas.
Que tenemos la lengua muy afilada, las uñas muy largas, los dientes, muchos. Pero sobre todo tenemos esa mirada, fría, indiferente; que es capaz de reducir a cenizas sin previa llama. No calienta. Esa mirada que es una mentira enorme, que lo sé, pero sigue siendo efectiva. La mirada de: "déjame, sal de mi vida. No vales nada aquí, no te quiero; aquí".
¿Que cómo lo sé? Vamos hombre,  yo también la tengo. Si fuésemos armas vendríamos de la misma fábrica. Por eso no tienes que decir nada para que lo sepa todo. Y yo no digo nada, doy por hecho que sabes que sé. Aunque no es así. Y sí.
Porque, como he dicho, necesita(mo)s una demostración. Un primer paso, siempre ajeno, que hable, y diga esto que sé.
Que yo también ando perdida. Que yo también quiero que me quieran, que me deseen. Y cuando eso ocurre no sé que hacer con ello. Y me siento a llorar en silencio, con un ejército de esclavos que no ven más allá de mis clavículas en penumbras, entre embestida y embestida.

Que todos queremos ser salvados. Pero algunos, además, lo necesitamos muy en serio. Que nos enseñen a vivir sin monstruos, que nos enseñen que un abrazo no es solo piel con piel. Es proteger al otro con tu propio cuerpo.

Me miras a los ojos y no dices nada. Creo que esta(mo)s empezando a activar esa mirada. Prueba de fuego. Soy débil. De mis cenizas, más que un fénix, renace una carta quemada que ya ni se puede leer. Diremos que es una carta de amor, pero seguro que era una factura. Mejor.

Que no puedo soltar tu mano ni aunque esté lejos y perdida. Porque sería soltarme a mí. O, peor aún, soltarte a ti.
Y un abrazo, o un polvo, cuando se hace bien, no es solo piel con piel; es dejar entrar al otro dentro, para que te proteja en la caída, en el frío. Es cogerse fuerte y afrontar el destino. Por eso es tan importante.
¿Te lo han enseñado?
No lo sé. Sígueme mirando. Yo creo que no. Lo sé porque lo sabe Tyler. Lo sé porque yo también lo siento. Por eso no puedo soltar esta mano, aunque me ahogue, aunque me pierda y me vaya muy lejos.

Me miras a los ojos y no dices nada.
Pero yo puedo oír cómo me hablas,
y, de lo que dices, nada me sorprende,
por eso no puedo dejar de mirarte a los ojos.

viernes, 28 de junio de 2013

Nocebo

Tengo un grito lejano enterrado en el pecho. Retumba mi voz en el abismo abierto por las montañas desiertas.
Tengo frío en las piernas. Una sonrisa eterna, que está doliendo de ser tan grande y tan falsa.
Música suave en los oídos. El corazón llenísimo, a punto de estallar.
Quiéreme, ¿me quieres ya?
Mira que rota estás, no tienes los ojos tan bonitos como para estar tan jodida. No eres lo suficientemente simpática. No follas tan bien.

Mírame, sé hacer piruetas al borde de este acantilado.
¡Que te vas a matar!
Huir no solo es de cobardes, es de malas personas. Justo como tú, ¡qué coincidencia!

Y aún resistes, que te lanzaste, espada en alto, contra el muro. Pensaste que la caída te mataría. Pero no. Ahí sigues. Es el peor momento: cuando estás metida en la bañera, a las seis de la mañana, abres los ojos. Sigues viva, y hay que afrontar la realidad, hay que quitarse la ropa, meterse en la cama, que pase el tiempo y pasen las personas que quieres, que hieres. Esperas la guerra para que la sangre sea ajena, para poder salvar a otros, para ser carne de cañón.

Tengo un grito lejano en los oídos. Una batalla sin declaración de herederos. Qué será de mí, o siempre de nosotros, para que sea tan impersonal que pueda huir en otro nombre.

Tengo frío en la cara. Quiero un abrazo, y un beso. Me siento fea si me tocan, pero se me va este frío. También me siento fea si no me tocan. ¿Lo entiendes? Es siempre así.
Tenemos las piernas para andar. Los ojos para mirar. Las manos para aferrarnos. El corazón para ser mejores. Escucho mis latidos y no suenan mucho mejor. Me estropeo con el tiempo, maldito engranaje esclavo.

Mira qué tonta eres, que no quieres afrontar tu propio reflejo. No tienes las uñas tan largas como para poder hundirlas en tu pecho. Ni los labios tan bonitos como para besar con veneno. No ríes tan suave.
Levántate, gilipollas, deja de mirar al cielo con los ojos vacíos. Tienes la maldición, la luz, la lengua de Casandra, la cabeza de Ophelia. La maldición, la fuerza. Ángeles caídos. No se va a abrir el cielo, no van a rescatarte y a llevarte arriba. Los de allí ya se fueron, vive con o sin ello. Tienes esta tierra, a veces infierno, a veces el recuerdo del paraíso. Deja de mirar al cielo con esos ojos tan abiertos, de tragar el sol por ellos.
Ícaro, el niño idiota, el niño valiente. Arde, levántate y arde, llevando tu melena en llamas por bandera. Tu corazón en la mano, late igual que todos, no hay señales de humo. Todos morimos, importa el cómo, el porqué. Muere cayendo al mar, siendo el guerrero que quiso llegar al sol. El espacio exterior es frío, solo Ícaro podía morir ardiendo, llegar lo suficientemente lejos. Diremos que su cadáver se perdió en el mar; por no decir que sigue allá fuera, libre.

Una vez encerré a esta desconocida en una caja, a golpe de lengua, de muslos, de alientos. Hoy la encierro como una madre que acuesta a un hijo, como se le cierran los ojos a un muerto. Buenas noches, monstruo. Nadie te ha dado vela en este, tu entierro.

Soy solo un hombre.

"Que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar,
que me recuerde la urgencia de actuar.
Parce que moi je rêve,
je ne le suis pas"

lunes, 24 de junio de 2013

Inmolación




Ella y yo éramos mariposas nocturnas.
Queríamos morir a la luz de una vela. Porque nuestras alas de colores eclipsaban la chispa de un aliento inquieto.
Revoloteábamos, frenéticas, buscando la ventana abierta al aire de un verano tardío o el fuego en el que hundir la lengua. Queríamos morir en luces ajenas, para tapar la nuestra y que así, lo obvio, pudiese ser descubierto, por sorpresa.
Éramos señoras de la noche porque la luz del amanecer nos hería, haciendo jirones nuestras coronas de flores. Dejando una cama ajena llena de pétalos marchitos. Huyendo a casa, con las alas rotas, golpeándonos contra las paredes de cristal del tarro en el que nos atraparon.

Si el amanecer nos encontraba fuera de casa, en otras camas, mirando al techo, recordábamos la vela y nuestro pelo enredado quería descolgarse por la ventana, para que trepasen los lobos y se comiesen nuestras entrañas. Todo por querer ser parte de una manada.

Lamia


Dicen que por las noches corre desbocada. No se mueve, pero su mente está en el mar, bajo la luna. No saben de qué huye, pero está claro que huye, aunque no se mueva; es como si apartase de su alrededor todo lo que la pueda tocar. Por eso no se mueve, pero está bajo el mar, en la luna.
Nunca se ha bañado dos veces en el mismo río. Se encarga de ello manchándolo de sangre cada vez que se sumerge. Se muerde la lengua para que brote la tinta directa del corazón, y broten palabras que mancillen el río, que no volverá nunca (y así echarlo de menos).

Dicen que no sabe de medias tintas, porque corre desbocada, y el mundo parece siempre de día o de noche. Por eso la confunden las luces encendidas de los bares, escaparates. Por eso solo quiere que le cubran los ojos con otro pecho cuando la madrugada gime. Podría cubrirse sus propios ojos con las manos, pero las tiene llenas de cristales, de romper a patadas todo lo que está a su alrededor, para que el río corra sin que ella se mueva. Y no puede quedarse ciega, o la atraparán con sus lazos de agua los ríos que tanto la buscan para templar sus aceros.




Desheredada


Anda buscando que la quieran, a ver si así aprende cómo se hace. O para poder entregar su corazón, aún caliente y bombeante, al primero que le de un guiño de pantalón.
Con el pecho vacío no duelen los latidos, y quizás, con suerte, muera desangrada de la herida.
Y así podrá decir a todo el mundo que murió de amor. Ella, que pudo amarlos a todos; tanto que no quedó nada para sí misma. Nada más que odio, uñas hundidas en la carne y un miedo atroz.




Carne de cañón





Buscaba el consuelo de mí misma en abrazos de otros. En sus embestidas y jadeos.
Buscaba ser vista más allá de este cuerpo, vendiéndolo al mejor postor y después sufriendo, porque no era más que carne de cañón.
No podía renunciar a mis ojos lascivos, ni podía renunciar a mi mente torturada.
Solo quería que mi trampa de belleza fuese superada por un infeliz gladiador. Soy un león.
Y ser vista más allá, en brazos ajenos. En sus embestidas y jadeos.
Un destello: necesito la confirmación de que soy más que eso. Carne de cañón.

viernes, 21 de junio de 2013

Romance sonámbulo

Esa sensación de paz, de tarde domingo en la que el tiempo queda suspenso y no hay nada por hacer; supongo que es eso lo que hace que esté así, como ausente, tranquila y desconectada. Hasta de mí misma.
Comer, dormir, hablar, pensar, vivir... han perdido el sentido temporal que tenían antes. Ahora son momentos puntuales en medio del agua en el que floto. Los días no están estructurados, solo pasan y no podría decir ni cómo.
Es el calor que detiene el paso del tiempo, de los acontecimientos. Solo estoy, y a veces me río y a veces no, pero no duele. Solo es estar.
Supongo que es la antesala de algo, de algo mejor, espero. Pero no está mal. Solo-estar.

Las noches tienen a veces esos destellos de carcajada, esos destellos de soledad. Da igual. He aceptado la vida. He aceptado la corriente y ni nado en contra. No me he aceptado a mí ni a mi entorno. De eso se trata; siempre tiene que haber algo que nos mantenga alerta, en lucha.
Miro seria, estoy en otro sitio, en ninguno. No tengo resentimientos ni anhelos. Solo ansias de un presente que está suspenso. Por eso estoy en otro sitio. Es hora de vendarse, en ello están todos. Yo miro al cielo, estoy bajo el agua. Verde que te quiero verde, barandales de la luna.
Y dejar marchar, soltar una mano, una sábana. Se agita al viento, darse la vuelta, sin mirar atrás, porque el corazón se rompe solo si te permites tenerlo
al aire.

Se puede estar muerto y respirar. A veces nos clavamos más profunda la espada, para romper lo que tengamos dentro. Y a veces es lo único que queremos. Ser el reflejo de la luna en el agua, que nuestra historia se cuente mientras nuestros ojos de plata miran al cielo, bajo el agua.
Nos matamos para que otros no lo hagan. Nuestra historia más triste.


jueves, 20 de junio de 2013

sonata

Si pudieses ser un fantasma,
el espíritu de un cuerpo que murió de sobredosis,
no cambiaría demasiado cómo suena el viento en tu ventana.

Seguirá tu voz sonando igual de rota.
Nunca probaste esta droga. Que te mate.

No crees sobrevivir al verano. No lo harás.
Va más rápido que tú y el pelo se engancha en cada pomo de cada puerta
de este pasillo y su sonata. No es otoño,
es verano,
Sin Rumbo.

Las manos frías
y la vida a pequeños sorbos
y amaneceres desbordantes
que te pillan con la boca llena de pesadillas
y aún ni siquiera te has acostado.

Recoges tu ropa
(la poca que llevas)
captas ese guiño,
ese momento.
Eres el intruso que quiso vivir fuera
o dentro.

Las manos frías,
el fantasma de una sobredosis,
amaneceres desbordantes,
que te pillan de puntillas,
en el umbral de la puerta.
No miras atrás,
no te atreves.

Son esos cristales que te dibujan,
te hablan,
de dicen qué eres. Y tienen razón.

De mal en peor
como cantos rodados.

Nada ni nadie

y solo queda un grito, una canción bajo el agua y dos piernas que te lleven muy muy lejos.

Sin tocar el suelo




Las mañanas y su veneno de la inocencia,
y su aliento frío y luces blancas en el espejo del baño.
Duermevela.

Gemir en sueños,
arrugar las sábanas,
el escudo del día
de la vida.

¿Somos más o menos nosotros cuando dormimos?

Rehuir, en silencio;
aceptar sentencias,
en silencio.

Idiotas que no hablan:
creemos en la telepatía.
Mentira.

Todos los amaneceres son tristes,
igual que todas las camas saben aislar;
basta con echar un vistazo al exterior,
hacia fuera.
Al cielo,
a una habitación oscura.
Es como mirar al abismo,
furioso,
hambriento,
directamente a los ojos.

últimamente me planteo
dormir con un ojo abierto,
aprendiendo a no morir de frío
y a devolverle la mirada
a ese pozo
que tan bien sabe mi nombre
luchando contra las oleadas que quieren invadir mi arena
y sus castillos, sus calles, sus habitantes.

Pero es, de nuevo, este miedo
a dejar de ser yo
por haberme convertido en guerrero.

"Cuando no sé qué camino de mi vida tomar
...
te he pagado cien veces mi deuda"

...ya no es penitencia,
es una forma de vida.

martes, 18 de junio de 2013

Sin batería. Ronin.

Me quedo sin batería. Me desconecto del mundo.
He salido de ese estado de duermevela, he roto la membrana para sacar la cara, mojada, al exterior.
Y no había nada más que un junio gris, de lágrimas y camas tristes. Está justificado, pues, esta sensación de frío por dentro. La garganta entumecida. ¿Tragaba o escupía? Ya ni me acuerdo, por eso abro la boca en la ducha, quiero ser parte de ese agua. Levantarme y gritar. Siempre cuando no hay nadie.
Volver a casa, y sin quitarse la ropa, ducharse. No hay que sonreír a las paredes que te han oído gemir. Y los gemidos son el nombre del llanto; lo llaman. Pero solo estamos quitándonos la ropa. Duchándonos. Pegar la frente a las baldosas, respirar. No hay alternativa. Mojarse, mojarse. El pelo, la cara, los brazos, la espalda, las piernas. Es solo tuyo.
Todo va mal. Todo va. Todo el mundo está preocupado y sigo ahí, bajo el agua, esperando la reminiscencia de un pasado en el que éramos peces que salieron al barro. Junio se está portando mal. Mayo te abandonó. Abril, ni hablar de él. Quizás no sean los meses los que hacen daño. Quizás no sean los demás los que hacen daño. Quizás sea algo que se lleva siempre encima, un beso fantasma en la nuca. Dormir y no ser consciente de que eres observado. Algo así.
Todas esas cosas que consumen la batería y te dejan incomunicado, la noche de un martes, en mitad de una calle mojada. Tanta ira que, si pudiese, apretaría las mandíbulas hasta romperme la cabeza entera. Pero no me pertenezco. Ni a nadie. Y solo queda esto, el aliento del ronin, la lucha con dientes, con lágrimas, con sonrisas. La lucha por nada, solo por no caer. Por morir como un guerrero y, cuando, en el suelo, ya no pueda levantarme más, saber que se intentó, hasta el puto final.

viernes, 14 de junio de 2013

No hay comida en casa

Había adquirido la capacidad de tragar agua como si fuese la única forma de sobrevivir al dolor. Tragaba agua helada, y la sentía como una piedra sólida bajando por dentro del cuerpo. Siempre pensé que la clave de todo estaba dentro del cuerpo: allá donde los dedos exploradores no pueden llegar. Había gente que se hacía heridas para entrar; yo mandaba un ejército de agua a inundarlo todo. Todo está bien si estás lleno de agua. Eres como un pequeño océano, y el océano es tan grande que no sufre, le da igual matar, no se vuelve más feo por ello. Lo malo se diluye. Eso creo.

También ponía la música alta, siempre por las mañanas. El océano no escucha más que sus latidos, sus rugidos. No hay más ruido en él que los propios. La música es mi rugido. Tapa todas esas voces que no son la suya y se esconden dentro del cuerpo, bajo la piel.

**

Alrededor, cada uno se desgarra en una dirección. Y nos dejamos solos mutuamente. Nadie te coge de la mano, nadie te abraza para protegerte del suelo en tu vuelo desenfrenado. Un pulso contra la gravedad. Siempre pierdes. Y todos bellos con nuestras mortajas, algunas con nombres, otras un una mirada, otros en silencio, mortajas sin quejas. El silencio que queda tras la música alta, tras el embiste del agua.

Claro que avanzo, cuesta abajo y sin frenos. Mi cuerpo es un juguete que siempre he querido romper. ¿Qué vales? Poco a poco dejas de confiar en tu entorno, tan brillante en un junio tan triste. Pueden secuestrarte una mirada, una sonrisa, una mano. Da igual. Ya no confías en tu entorno, porque también está roto. Por eso le guiñas, cómplice, te ríes, le lanzas un beso. Sigues tu carrera, si acaba en muro, ser la mancha más hermosa, ser el cadáver más feliz.


miércoles, 12 de junio de 2013

De hora en hora




Llorar por historias ajenas.
Ese es el dolor de la realidad.
Sentir el sufrimiento del otro,
ver en sus ojos el pozo que les traga.

Llorar.

Por estar ausente en esa guerra.
Es la frustración de ver morir tras un cristal.
Como si las lágrimas pudiesen curar y devolver la vida.
No me quedan más recursos que sentirlo,
triste, duro, oscuro y lejos.

Campos de batalla ajenos.
Siempre quise morir acompañada
en una empresa que no fuese la propia.
Mis guerras son poco dignas.

Y cuando no puedo hacer más que sentirlo
y ni siquiera es algo que pueda acariciar,
no me queda más que llorar
porque la vida no es justa,
y tú no te mereces esto
y yo siempre pensé que, si era verdad,
por qué no aparecía alguien para darme lo que sí merecía,
o consolarme y ofrecerme algo mejor.

Pero no hay vuelta atrás,
el conocimiento no puede negarse.
La desilusión no se olvida
y las cicatrices no se borran.
Solo podemos levantarnos,
porque la vida no es justa.

Siempre es una nuca que mira una nuca que mira una nuca.

Nadie se para a darte lo que nadie te dio antes.
Porque no tenemos lo que merecemos;
y no sirve de nada saberlo.

Lloro porque no se puede hacer nada
más que seguir adelante.
Excepto cuando no hay fuerzas,
que simplemente no se puede hacer nada.
Y ahí es cuando debería haber alguien
que nos forzase un abrazo
y nos salvase del abismo.

La piel me dice: vive, ahora
la urgencia de actuar
pero el mundo parece girar en contra.




Nada es para siempre,
dice mi tinta sobre la piel.
No dejes pasar lo bueno,
no dejes quedarse a lo malo.

domingo, 9 de junio de 2013

Wild

Paso la vida mirando al cielo,
esperando una señal que no llega.
Tengo barro en los zapatos
y hierba creciendo, subiéndome
por las piernas.

Paso la vida mirando arriba,
buscando unos ojos que no son los míos,
para ver si en su reflejo
puedo cerrar las puertas del infierno.
Y me nacen sonrisas de sonrisas.

Paso la vida sola,
ante la llaga,
metiendo los dedos, abriendo la carne.
Mirando en la herida
esperando un milagro

encontrar una mano que detenga
el desenfreno del desboque,
que sepa montar el caballo
y llevarlo a morir

allá donde todo sea mar.




sábado, 8 de junio de 2013

Al sol

Abrir todas las puertas y ventanas,
que los pájaros huyan en desbandada.
Que los monstruos invadan la casa.
Están invitados, soy yo.
Las paredes siempre son blancas,
los ojos siempre son puentes
y la risa siempre cura.

Somos nosotros,
con los más y los menos.
Las personas que te gustan,
las que no.
A veces cambiamos, a veces no.

Quitar el tejado esperando un verano,
aprender a querer.
O no.
Bailar sola, para algunos es un nuevo día;
para otros uno viejo.

Somos así,
no hay que sufrir.
No hay que ponerle nombre a estas manchas,
ni meter el dedo en esta llaga.

Abrir todas las puertas y ventanas,
ver a aquellos que viven fuera,
sonreír.
Soltar una carcajada
y salir a correr.

Abandonamos la casa,
somos felices al sol.

viernes, 7 de junio de 2013

de A a B

todos idos.
un guiño cómplice
pasa como un tren.

pasar la vida
buscando esos guiños,
esa estrella del norte,
aullando a la luna.

pasar la vida
y quedarse aquí,
allí.
Nunca nos fuimos.
nunca nos movimos.

pasar la vida
y ser siempre distintos,
los mismos.

buscando un guiño,
un tren al que subirse,
una estación en la que morir.

todos idos.
leo mentes.
créeme.

combatiendo los elementos

El viento arrastra alas de polillas. No es ni frío ni caliente. Es como un aliento.
La piel cede, se agrieta. A jirones, como el alma del mártir, cae.
Es sustituida por ese viento que arrastra, irónicamente, alas sin pilotos.
Salvemos las cenizas. Nombremos a los muertos.

Pintarse unos ojos sobre los párpados. Una sonrisa sobre los labios.
Que llueva y caiga la pintura. Tenemos ojos, tenemos voz.
Sonrisas sinceras. Nunca mienten. Tiemblan, gritan, desafían, crecen.
Insuflar. Inyectar. Espolear.

Piernas para qué os quiero. Siempre el plato secundario. Antes teníamos alas.
Pero se las llevó el viento, se las tragó el sol. Así que, piernas, para qué os quiero.
Si no es para emular el vuelo, si no es para escalar el cemento,
que sea para dar patadas, para escribir la historia.

Tantos cojines,
tantas almohadas.
Uno puede morirse en su casa. Y que nadie lo sepa.
Porque nunca encontrarán el cadáver. Y uno seguirá yendo a la oficina, incluso muerto.

Lo más difícil de vivir es tomar decisiones, vivir con ellas, ver sus ojos al despertar.
Por eso solo dejo que el tiempo corra, corra. Y se aleje de mí.
Yo también corro y corro. Y me alejo de mí.
Porque sueño, no lo estoy.

(y las peores heridas son autoinflingidas)