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lunes, 22 de septiembre de 2014

Teseo

No entendía porqué seguía sintiendo aquel nudo en la garganta si ya había borrado todas las conversaciones mantenidas con ella.

Miró a su alrededor y solo encontró el fantasma de su ropa tirada por el suelo, unas flores secas, un libro con las páginas dobladas.
La vida era como la pintura barata de pared, descascarillándose en silencio y poco a poco, sin que nadie viese los restos caer; simplemente un día estaban en el suelo.

Sentía que si no había pruebas el pecado seguiría ahí, pero no llegaría el castigo. Creía ciegamente en la presunción de inocencia. Por eso borró su nombre de la lista de contactos, no borró el número, lo guardó con un nombre anónimo que no le recordase a nada en absoluto. Por eso guardó todas las fotos y luego las perdió, deliberadamente.

Era un fugitivo que huía de sí mismo
y sus vacíos

y acabó perdido en el laberinto.


lunes, 1 de julio de 2013

un orgasmo

¿Qué es la felicidad?

¿Qué coño va a ser?
Es cuando tienes un orgasmo.
Eso de que, aunque estés bien jodido,
o aunque no ames a la persona
que entra y sale de ti,
por un puto momento
te sientes bien,
mejor.

Uno no puede sentirse desdichado si está teniendo un orgasmo. Puede sentirse mal antes o, probablemente, después. Pero no puede sentirse mal durante.
¿Lo entiendes?
Eso es la felicidad. Un instante entre toda la mierda, o no. Pero un instante. Un segundo en el que amas sin pensar, en el que ríes sin chiste y en el que sonríes solo por tu propio cuerpo.
Podrías morirte, te da igual. Eso es la felicidad.

Luego todo pasa. Te sientes desnudo y cansado. Quizás te des cuenta de que la persona que está tirada a tu lado no es la persona. Quizás te echen, quizás eches. Puedes llorar treinta segundos después de la felicidad. Toda una noche. Porque ser feliz tres segundos no te otorga un escudo protector para el resto del día (mucho menos de tu vida). Eres feliz tres segundos.
El tiempo que dura un cruce de miradas cómplice en un semáforo, en una librería. El tiempo que se tarda antes del beso, cuando los alientos están tan juntos que se hace un beso egipcio, intercambiando almas. El tiempo que dura un puñetero orgasmo o lo que tardas en quitarte una camiseta, baile sexy incluido.
Porque en la vida todo lo realmente bueno y necesitado es frenético.

Y la felicidad es un destello que no dura apenas nada. Es esa luz clara y parpadeante que a veces ponen en las discotecas; y lo ves todo negro y blanco, a intervalos. Es cuando en el momento blanco ves unos ojos que te miran. Negro. Y tú contienes la respiración tres segundos, con la mirada fija en la oscuridad, esperando el blanco otra vez. Ya estás teniendo un orgasmo.

Eso es la felicidad, ¿no?



vis-a-vis

Me miras a los ojos y tú no dices nada. Pero yo puedo oír cómo me hablas, en suspiros, de tus miedos.
¿Sabes cómo lo sé? Porque yo también los tengo. Así sé todo lo que sé, lo veo porque yo también lo llevo.



¿Y qué quieres que te diga? Que la vida es bien jodida y yo tengo una espada de fuego, espada de juguete de fuego, de fuego de juguete. Da igual. Para espantar a los monstruos, un rato. Luego vuelven, porque con el tiempo descubren la trampa, y nos comen a los dos.
Que parece que estamos hechos para hacer daño y para dar un poco de amor, lo justo para que otros se enganchen a nuestra voz. Y marcharnos sintiéndonos monstruos y asesinos. Hasta el punto de que a mí misma me da miedo mi espada de fuego. De juguete. Un tiempo. Nunca el suficiente, ¿no? Porque siempre volvemos a la carga, destrozando corazones sin-querer, por no saber querernos.
Que quizás en el fondo sólo buscamos a alguien que sí sepa hacerlo, no solo querernos, sino enseñarnos. Alguien que no necesite espada, y a quien no le den miedo nuestras garras, nuestras armas.
Que tenemos la lengua muy afilada, las uñas muy largas, los dientes, muchos. Pero sobre todo tenemos esa mirada, fría, indiferente; que es capaz de reducir a cenizas sin previa llama. No calienta. Esa mirada que es una mentira enorme, que lo sé, pero sigue siendo efectiva. La mirada de: "déjame, sal de mi vida. No vales nada aquí, no te quiero; aquí".
¿Que cómo lo sé? Vamos hombre,  yo también la tengo. Si fuésemos armas vendríamos de la misma fábrica. Por eso no tienes que decir nada para que lo sepa todo. Y yo no digo nada, doy por hecho que sabes que sé. Aunque no es así. Y sí.
Porque, como he dicho, necesita(mo)s una demostración. Un primer paso, siempre ajeno, que hable, y diga esto que sé.
Que yo también ando perdida. Que yo también quiero que me quieran, que me deseen. Y cuando eso ocurre no sé que hacer con ello. Y me siento a llorar en silencio, con un ejército de esclavos que no ven más allá de mis clavículas en penumbras, entre embestida y embestida.

Que todos queremos ser salvados. Pero algunos, además, lo necesitamos muy en serio. Que nos enseñen a vivir sin monstruos, que nos enseñen que un abrazo no es solo piel con piel. Es proteger al otro con tu propio cuerpo.

Me miras a los ojos y no dices nada. Creo que esta(mo)s empezando a activar esa mirada. Prueba de fuego. Soy débil. De mis cenizas, más que un fénix, renace una carta quemada que ya ni se puede leer. Diremos que es una carta de amor, pero seguro que era una factura. Mejor.

Que no puedo soltar tu mano ni aunque esté lejos y perdida. Porque sería soltarme a mí. O, peor aún, soltarte a ti.
Y un abrazo, o un polvo, cuando se hace bien, no es solo piel con piel; es dejar entrar al otro dentro, para que te proteja en la caída, en el frío. Es cogerse fuerte y afrontar el destino. Por eso es tan importante.
¿Te lo han enseñado?
No lo sé. Sígueme mirando. Yo creo que no. Lo sé porque lo sabe Tyler. Lo sé porque yo también lo siento. Por eso no puedo soltar esta mano, aunque me ahogue, aunque me pierda y me vaya muy lejos.

Me miras a los ojos y no dices nada.
Pero yo puedo oír cómo me hablas,
y, de lo que dices, nada me sorprende,
por eso no puedo dejar de mirarte a los ojos.

miércoles, 26 de junio de 2013

Reflejos

Paso frente a un espejo y me pregunto qué habrá visto esa superficie lisa y fría. Cuántos rostros, cuántos cuerpos desnudos, cuántos últimos alientos.
Al pie de la cama, el espejo, observa. Ahora me observa a mí, con la misma indiferencia con que absorberá mi reflejo y no dejará señal de él una vez me haya ido.
Pero yo sé que ya soy suya y él sabe que ya es mío. Así funcionan los espejos: te tragan y te dan un destello.

La misma sala durante años y años, el mismo cielo. Pero esta vez eres tú, igual que cada vez es otro.
Ahora, hasta que alguien vuelva a atravesar esta realidad, eres tú quien se ha grabado en la retina del cristal. Y, a su vez, el espejo te ha grabado a ti mismo en tu pecho.

Has pasado tú, yo hace años que me fui. Pero al otro lado me relevas y compartimos un espacio y un silencio.
El fantasma del espejo. Me enamoré desde tan lejos.
Pero es fugaz, porque ahora tú serás el fantasma del espejo.

martes, 25 de junio de 2013

"Encuentra lo que amas y deja que te mate"

En una habitación inundada por el humo del tabaco B. entrecierra los ojos. Lleva lentillas aunque no haya nadie a quien enseñar la elocuencia que adquiere su mirada desnuda, simplemente porque la montura de sus gafas le hace sentir que el mundo es más estrecho.
Las paredes de la sala, pintadas de un azul muy poco discreto, se impregnan del olor de la tela sucia del sofá, de los cigarrillos pasados y del ron derramado sobre las baldosas. Es una psicofonía olfativa, seguro que tiene un nombre concreto, pero no nos importa. Los fantasmas de estos días quedarán impregnados en las paredes, para que, en el futuro, aquel que entre, huela cada momento de encierro y pensamiento que se impregnó a esa pintura azul tan poco discreta.

B. piensa en lo que ama, y cómo lo que le está matando no tiene nada que ver con lo que ama. Se mata a sí mismo, que está muy lejos de ser ella, que es lo que debería matarle.
No piensa en su voz o en su pelo recogido. La parte de ella que le debería matar son sus ojos, y sus gemidos; la piel de sus muslos y su aliento sobre el cuello. Su risa, cambiaría todo eso por su risa, que mata tanto más en cuanto que él no tiene esa fuerza para sacar del nudo de la garganta tanta luz.


Las paredes, años después, siguen contando la historia del tabaco, el alcohol y los desperdicios humanos de B.. No sabemos si murió o no, si nos ciñésemos a lo que narra ese azul tan poco discreto, ya estaba muerto mucho antes del tabaco, el alcohol y el sudor, el semen y la saliva. Quizás ella le devolvió la vida solo para matarlo después. Quizás le dejó vivir. O quizás siguió matando lo que quedaba de su cuerpo él solo, torturándose con el recuerdo de aquella que amaba y que no estuvo lo suficiente como para dejar su aroma entre estos muros que tan vagamente esclarecen el fin de B.




Ella, por su parte, en ropa interior, en el sofá, en una sala de cortinas verdes, muy discretas, pensaba que B. tenía la fuerza suficiente para matarla -y amarla-, y era feliz.

No sabemos qué pasó, porque sus cortinas eran muy discretas y no han querido hablar.





...Porque de todas las cosas que te matarán, lenta o rápidamente, es mucho mejor ser asesinado por un amante.

lunes, 24 de junio de 2013

Inmolación




Ella y yo éramos mariposas nocturnas.
Queríamos morir a la luz de una vela. Porque nuestras alas de colores eclipsaban la chispa de un aliento inquieto.
Revoloteábamos, frenéticas, buscando la ventana abierta al aire de un verano tardío o el fuego en el que hundir la lengua. Queríamos morir en luces ajenas, para tapar la nuestra y que así, lo obvio, pudiese ser descubierto, por sorpresa.
Éramos señoras de la noche porque la luz del amanecer nos hería, haciendo jirones nuestras coronas de flores. Dejando una cama ajena llena de pétalos marchitos. Huyendo a casa, con las alas rotas, golpeándonos contra las paredes de cristal del tarro en el que nos atraparon.

Si el amanecer nos encontraba fuera de casa, en otras camas, mirando al techo, recordábamos la vela y nuestro pelo enredado quería descolgarse por la ventana, para que trepasen los lobos y se comiesen nuestras entrañas. Todo por querer ser parte de una manada.

Lamia


Dicen que por las noches corre desbocada. No se mueve, pero su mente está en el mar, bajo la luna. No saben de qué huye, pero está claro que huye, aunque no se mueva; es como si apartase de su alrededor todo lo que la pueda tocar. Por eso no se mueve, pero está bajo el mar, en la luna.
Nunca se ha bañado dos veces en el mismo río. Se encarga de ello manchándolo de sangre cada vez que se sumerge. Se muerde la lengua para que brote la tinta directa del corazón, y broten palabras que mancillen el río, que no volverá nunca (y así echarlo de menos).

Dicen que no sabe de medias tintas, porque corre desbocada, y el mundo parece siempre de día o de noche. Por eso la confunden las luces encendidas de los bares, escaparates. Por eso solo quiere que le cubran los ojos con otro pecho cuando la madrugada gime. Podría cubrirse sus propios ojos con las manos, pero las tiene llenas de cristales, de romper a patadas todo lo que está a su alrededor, para que el río corra sin que ella se mueva. Y no puede quedarse ciega, o la atraparán con sus lazos de agua los ríos que tanto la buscan para templar sus aceros.




Desheredada


Anda buscando que la quieran, a ver si así aprende cómo se hace. O para poder entregar su corazón, aún caliente y bombeante, al primero que le de un guiño de pantalón.
Con el pecho vacío no duelen los latidos, y quizás, con suerte, muera desangrada de la herida.
Y así podrá decir a todo el mundo que murió de amor. Ella, que pudo amarlos a todos; tanto que no quedó nada para sí misma. Nada más que odio, uñas hundidas en la carne y un miedo atroz.




Carne de cañón





Buscaba el consuelo de mí misma en abrazos de otros. En sus embestidas y jadeos.
Buscaba ser vista más allá de este cuerpo, vendiéndolo al mejor postor y después sufriendo, porque no era más que carne de cañón.
No podía renunciar a mis ojos lascivos, ni podía renunciar a mi mente torturada.
Solo quería que mi trampa de belleza fuese superada por un infeliz gladiador. Soy un león.
Y ser vista más allá, en brazos ajenos. En sus embestidas y jadeos.
Un destello: necesito la confirmación de que soy más que eso. Carne de cañón.