Estaba resentida por cosas que no tenían ni nombre. Que no es que no supiese qué eran, es que no se podían decir; como los secretos de Primaria, los de los niños. Como los nenúfares, que salen a la luz, con el tiempo.
Eso me enfadaba aún más. De hecho era lo único que me enfadaba: no tener nombre, ni voz, ni voto. No ser ni siquiera una sombra fugitiva.
Sólo silencio, preguntas (trampa) sin respuesta.
Estaba resentida conmigo misma por dejar que me importasen tantas estupideces.
Tanto detalle sin importancia.
Por ser así de mala, de mal educada, de antipática.
Así jamás conseguiría emblema alguno, ni nombre, ni medalla.
De vez en cuando la miraba, y apartaba la mirada; como si hubiese visto algo horrible en ella. Como si esperase encontrar algo mejor que tanta inseguridad, inestabilidad, tanta idiotez vana y simple.
Y ahí estaba ella.
No es que fuese mala, es que, simplemente, no tenía nada bueno (mejor) que ofrecerle (ni a él ni a nadie).
Y ahí estaba ella, sintiéndose estúpida por ser (haber sido) feliz -todo eso de sonreír, sentir...-.
Estúpida por vender su literatura barata, su música cacofónica y su psicología de bolsillo.
No le preocupaba en absoluto su gusto nulo -desde música hueca hasta el tema de estropearse la cara-.
No, lo que le rompía la sonrisa era creer en la estupidez infantil de tener fe absoluta en sus héroes, dragones y princesas; sentir la necesidad de compartir sus sueños, ser tan estúpida, estar tan vacía, que no tener más a que agarrarse que un puñado de letras, cuatro ideas precocinadas y una belleza hedionda de espinas.
Últimamente le preocupaba no tener nada que ofrecer, nada lo suficientemente bueno.
Suficientemente bueno.
Cuando la ilusión se esfuma, quedo yo, temblorosa, débil, pálida, húmeda, sollozando idiota...
Será que me gustaba tanto que cualquier soplo de viento estropeaba la situación.
Será que tenía la lágrima fácil, y los estrógenos por los cielos.