miércoles, 31 de diciembre de 2008

n e w y e a r 2 0 0 9



A este año le pido:
Al menos diez amaneceres.
Gente nueva, y regresos de la vieja.
Cuatro noches sin dormir.
Una gran idea.
Tres dias de fiesta.
Dos sorpresas.
Un par de viajes.
Una noche inolvidable.
Un febrero luminoso.
Siete grandes libros.
Un descubrimiento.
Dos enfados y tres reconciliaciones.
Luces.
Fuerza, fe y esperanza.
Aprobado general.
Quince canciones nuevas.
No ponerme morena.
Café con baileys.
Sonrisas, de las que sí que sí
OLVIDAR.
Frío y calor.
Dormir, comer y leer un poco más.
Cero muertes, porque se me deben.
Ningún malentendido.
Un monólogo.
Cinco despertares.
Cien fotos geniales.
La gran borrachera.
Volver a creer.

y... otras cosas que, como son deseos, no se pueden decir.

martes, 30 de diciembre de 2008

El Soldadito de plomo

Se cayó.
Como si jamás hubiese estado en posición vertical, como si nunca hubiera andado erguido, como si ésa se tratase de su postura natural.
Se cayó y sintió cómo el calor anegaba su pecho, quizas porque la vio a ella por última vez, quizás porque el fuego consumía su pequeño cuerpo de plomo.

Sólo el príncipe azul podía haber sabido como se sentía él en aquel momento.










"Llegaron otras,
llenas de cosas buenas.
Y a todas pude amarlas sin problemas."

Creo que nunca le he comentado a nadie lo mucho que me gusta esta historia.

lunes, 29 de diciembre de 2008



-Te prometo que la quiero, sólo se me fue la mano con el alcohol. Vamos, me conoces, sabes que no le haría daño jamás -su voz, ocho octavas más bajo de lo que acostumbraba a ser, se filtraba a través del papel de pared, por sus poros, hasta llegar a sus oídos, enterrados bajo una almohada, un edredón y aquellas promesas que resonaban en su cabeza aún; y no la abandonaban.
Mientras tanto, en la habitación contigua, lo que se supone era la sala de estar, un hombre infiel, con los bolsillos llenos de monedas de dos y cinco céntimos, de escusas y angustias, trataba de ganarse el favor de un amigo y hermano sobreprotector.

Laura lloraba en su habitación.
Carlos explicaba qué le metió a qué mujer dónde, y porqué lo hizo.
Raúl asentía mientras sus labios negaban, comprendiendo y castigando al mismo tiempo.

Laura salió de su ataúd de calor y estiró las piernas por primera vez en tres días. Era martes, y el reloj acababa de marcar las 20:53.
Frente al espejo, sin mirarse, trató de sonreír; entonces el sábado por la noche cayó sobre ella, con sus cubatas, sus luces parpadeantes y aquella rubia deslumbrante, haciendo tan buena pareja con aquél que tres minutos atrás había sido la suya durante cuatro meses, ocho días, diez horas y veintidos minutos exactamente.
Carlos, en la habitación contigua, también lo recordaba -como para olvidar las sinuosas curvas de aquella mujer...-, y Raúl, procurando no dibujar en su rostro la sonrisa que Laura había perdido, lo imaginaba.

Los tres intentaban ocultar los sentimientos que los invadían, para sobrevivir, o para no morir.
La rubia continuaba perdida entre el color ambarino de algún licor y el sabor mentolado de algunos labios...

-¿Tenía que ser delante de ella...? -Raúl se debatía entre lo correcto y el sentimiento de traición contagiado por su hermana.
Carlos no respondió, y si lo hizo Laura no quiso oírlo, no esa respuesta. Ni ésa, ni el por qué, ni el cuándo... No quería saber que no era lo suficientemente buena, no quería oírlo.
Para evitar escuchar la conversación que espiaba se centró en su imagen: tres días sin comer ni dormir, más lo anterior -más de una semana-. Su cuerpo no mostraba buen aspecto... el pecho hundido, los ojos hinchados, enrojecidos; las costillas prominentes y la sonrisa rota y agrietada.

Todo empezó a dar vueltas, los gritos de Raúl y Carlos crearon la fuerza centrífuga que arrastró el débil cuerpo de Laura al fondo de la vida.

Laura lloraba, trató de aferrarse a algo para no caer y encontró el espejo, que rompió, por cierto, ganando así siete años de mala suerte.
Raúl sabía lo que acababa de sucederle a su hermana.
Y Carlos lo intuía.
La rubia no supo nada más de Carlos, y mucho menos de Laura o Raúl.

Cuando despertó en el hospital, Laura sabía que iba a morir sin despedirse de Carlos, porque quería castigarlo. Y eso le dolió más a ella que a él.
Pero eso Carlos nunca lo supo, y por eso siempre pensó que la echaba de menos. Aunque esto no tenga ningún sentido.
Raúl tampoco perdonó a Carlos -aunque Raúl sí que no quiso hacerlo, y por eso le dolió menos-. Curiosamente acabó con otra rubia, prima de la primera rubia que murió poco después que Laura, aunque ella no había roto ningún espejo... murió igualmente. Pero como Carlos no tuvo más contacto con ella, tampoco supo de qué.

Carlos acabó a veces solo, a veces con alguien que le recordara a Laura, por si podía hallar así el perdón.
Laura murió llorando, y esa es otra de esas cosas que Carlos tampoco supo nunca.
Y Raúl acabó olvidando a Carlos, a Laura y a la rubia, en ese orden.


*h a t e m y s e l f*
oh, beautiful blonde, give me the last kiss.

-hilo sacado de www.elcuentacuentos.com-.

domingo, 28 de diciembre de 2008

SPIRAL


Bajo las sábanas,
gélidas;
como si no supieran hacer
otra cosa que estar
frías,
me entierro,
mordiéndome los labios,
arañando la columna vertebral
de la almohada que,
muda,observa mi destrucción.

Retorciéndose de dolor
queman, las lágrimas,
queman tus cartas,
tu voz.Queman mi rostro,
y se llevan, las pestañas
tu nombre tatuado,
con cicatrices,
en la espalda.



jueves, 25 de diciembre de 2008

Meri Curisumasu (2008)


Feliz navidad.





Muy probablemente...

...Una chica que te quiere.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Mirando al cielo



A cientos de kilómetros de casa, en un autobús, con ganas de volver a un hogar que no era el mío, echándote de menos mientras se ilumina la pantalla del móvil, indicando el nombre de una esposa que no eres tú, y nunca lo fuiste.
Como un soldado en primera línea de fuego, sintiendo temblar sus piernas, su carne de cañón. Viendo en forma de bola ignífuga su muerte, ésa que del heroicismo de morir por ella poco tiene ya. Como un soldado que, cuando la tierra se pone vertical, acogiendo con humedad su espalda, tibia, blanda, quebrada, ve caer la nieve, lentamente, como lo hacía el día en que se marchó, como solía hacerlo tanto cuando era pequeño, como no lo hizo la mañana que se fue.
Y las estúpidas farolas no rompen el camino a casa con algún inusual parpadeo que me recuerde a tu magia para apagar las farolas, o encenderlas. Las malditas baldosas no se vuelven amarillas para señalarme el camino de vuelta a Kansas, allá donde recuerdo haberte jurado que te esperaría, y aún me pregunto si tú guardas todas mis promesas, si las repasas de vez en cuando, si continúan haciéndote daño mis errores, después de tanto tiempo, tantas cosas... a veces vuelven las ganas de regresar, y te echo de menos, y me gustaría dejar el móvil, el maletín y las gafas sobre la tapicería vieja de este autobús en ninguna parte, cruzar el universo mientras cae la nieve, y simplemente comprobar que tú no estás esperándome, que has olvidado Kansas o, quizás, no reuniste ganas ni valor suficiente como para dejarlo todo y volver a casa, con el pecho anegado de balas, nieve en las pestañas, y una postal de navidad, en pleno mayo, cuando florecen las nubes.

"que daría mi vida por morir a tu lado,
y gritarle al viento que fui un mal soldado"




Todo es más bonito si lo pienso y queda en sólo eso...

martes, 23 de diciembre de 2008

Polaridades


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¿Qué sentido tiene si resulta que yo soy polo opuesto y tú pila gastada?

























Poniéndome guapa... aunque no sea para ti.