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martes, 10 de diciembre de 2013

La luz

En mitad de la noche abrazo tu espalda.
Vienen a asaltarme los fantasmas
que me hacen llorar.
Pienso en ti, y en el vacío de antes de ti.
Era un vacío que parecía normal.
Ya sabes,
como en todas esas novelas
en las que no salen dragones.
Y nadie echa de menos la sombra de sus alas
hasta que aparecen en el cielo
y piensan cómo pudo ser posible vivir
antes de eso.

Un vacío que todos tapan, en sus vidas,
a golpe de normalidad de
"aquí no pasa nada".
Y yo lo oía aullar, sin encontrar el agujero,
la sangre bramaba.
Era esa sensación de estar perdiendo la vida,
escapándose,
porque me quedé congelada entre la primavera
de unas páginas y el invierno
en le que tocó crecer.

En mitad de la noche me abrazo a tu espalda,
nunca más como un náufrago
que se aferra a su tabla.
Nunca más como si fuese mera supervivencia,
como si fuese solo casualidad y circunstancias.
Sino como Prometeo y el fuego,
como Ícaro y el fuego.
Como quien decide dejar de ignorar ese abismo de vida
que llena a muchas personas.
Y tener esas noches
en las que no hay mar en el que ahogarse
sino camas en las que ver nacer
la luz
sobre la soledad.



martes, 19 de noviembre de 2013

historias

No podría decir cuándo empezó esto, igual que no creo que nunca vayamos a poder decir cuándo acabará.
De los que éramos al principio apenas queda una sombra, y sin embargo ahí están, esas versiones de nosotros mismos heridas, que se lamieron las astillas de lo que les quedaba de corazón.
Que con la cabeza fría somos nuevos, pero seguimos siendo los que fuimos, con la cara limpia y los ojos claros.
Porque es una forma bella de seguir adelante, de levantarse del suelo y que la perspectiva cambie, aunque sigamos en el mismo cuerpo que antes moría ahogado en las profundidades de su infierno; en aquella habitación cerrada a cal y canto.

Supongo que fue dejar de buscar para encontrar. Que no logré entrar en la fortaleza más que salir de ella. Pero estaba tomando el camino incorrecto. No se puede llevar la luz en las manos, que se escapa entre los dedos; así que bajo el sol y sobre el mar del norte de verano, hice agujeros, como estrellas en tu tejado.
Y tú a cambio hiciste agujeros, para respirar, en mi pecho.

Sigo reconociéndonos en los dos idiotas que se hacían daño, cada uno a sí mismo, para ver si morían antes que volver a sentir el aliento del otro, por si le insuflaba la vida.
Los idiotas que se perdían las noches de fiesta, para encontrarse en la oscuridad; y se perdían en la oscuridad para reencontrarse como extraños.

Seguimos con las alas rasgadas y las vestiduras rotas.
Seguimos llenos de cicatrices que hacen que nos duelan los espejos.
Seguimos en aquella batalla estúpida con quienes nos quisieron como se quiere a un muñeco.

Pero entre sábanas de camas que vieron tantas cosas, enredé los dedos en tu pelo, y te sujeté por la noche mientras dormías; porque me estaba sujetando a mí, porque se me llenaba el pecho de ganas de llorar cada vez que sentía este calor.

Así que miro atrás, y luego te miro a los ojos. Y somos las mismas personas que no se atrevieron, pero en el tiempo en el que sí lo hicieron. Somos el paso que no dimos. El camino que no cogimos.
Es difícil de explicar. Supongo que quiero decir que siempre hemos sido esto, siempre he sentido esto. Que fueron las circunstancias que nosotros levantamos, como muros cuando debimos ser puentes, las que nos dejaron ciegos. Y fue nuestra voz, que alzamos, como luces en la noche, las que hicieron que no necesitásemos ver nunca más.
O fue un viaje en autobús, en el que nos abrazamos y yo pensé que no se trataba de ganar o perder, de salir ileso o morir, se trataba de lo que quería, que era eso, fuese con lágrimas o con alas, con gritos o sonrisas, eso.
Y me hice un pacto aquel día, prometiendo que ya no le tenía miedo a nada, porque había asumido la vida; que era eso lo que quería, aunque no tuviese garantías más allá de un pasado en el que nadie habló claro.


Porque tuve luz en las heridas, y besos en la oscuridad. Y tengo calma en el pecho y un domador en el dolor. Tengo la protección y la espada o el escudo, según la batalla.
Tengo un nombre, una cara, una voz. Tengo un corazón, y está partido en dos, para dar una mitad.
Tengo el lobo y el hombre, y los amo a los dos.





Oración de primavera

Supongo que nos (re)encontramos en el camino. Después de tantos viajes en los que nos íbamos perdiendo poco a poco, como quien se deja el equipaje en el tren, y sus calcetines, sus gafas y su pijama visitan ciudades en las que nunca has besado.
Y un día, perdida en un andén de mi vida, me partí en dos, para hacer sitio bajo las sábanas, y de paso dejar caer al suelo todos los escudos templados a golpe de realidad frente a las novelas de las que me enamoré.

Segura de que estuvimos mirándonos las espaldas años atrás, sin oír nuestros latidos por la música tan alta que a mí se me hacía el pecho pequeño, te he visto durante un año siempre a lo lejos, siempre pequeño. Del tamaño de esos personajes de cuento, donde el amor a primera vista y los flechazos entraban en cuatro palabras de madrugada; y no salían más que con sangre, que es la mala costumbre que tiene la letra. 

Nos chocamos mientras andábamos buscándonos, y salimos corriendo. Porque yo me había adoctrinado durante años, aprendiendo a fuego que no podía enamorarme solo del contacto piel con piel. Y ahora estaba ardiendo, quemando todo cuanto tocaba en mi mundo de papel. 

Desde entonces vivo fuera de la ley, bajo un techo y unas normas que me dan estos días tan de paz, en los que pienso que ya he llegado a donde quiera que me estuviese dirigiendo antes de empezar a hacerme daño y perder la orientación. 


Dicen que no existe el amor a primera vista, que es cosa de películas. Pero eso es porque tú no les has mirado amaneciendo una primavera, dándoles la vida, como si les viesen por primera vez.

Y entiende entonces todo esto, que yo nunca pensé que pudieses existir.





domingo, 25 de agosto de 2013

Tequila en vena.
El calor de un verano en Madrid.
La soledad de un salón lleno de amables desconocidos.
Un vestido que sobra.
Y ganas de entrar en la ducha a mojarse y gritar.

Saber que el daño no va a parar nunca.
Estos espejos hirientes.
Esta enfermedad bajo y sobre la piel.
Odiarse.
Gritarle a tu reflejo. Reprocharle.

Sentir que no eres suficiente.
La peor voz dentro del pecho
y aún así arreglar el puto mundo.
Querer ser algo mejor.
Por alguien.

Duele y cauteriza.
Te levantas y no llegas a tiempo.
A curar.
Con el pecho al descubierto,
pretendes dar lecciones de vida.

Buscar el amanecer en las rendijas.
Encontrarse cara a cara con la arena,
con la vida.Y darle explicaciones,
pedírselas:
Sálvale.

y yo ya me salvaré a mí.

jueves, 7 de enero de 2010

Anocheceres en Vitoria.


Desenredo con los dedos temblorosos el nudo de mi estómago.
Revolotea tu sonrisa en mis labios.
Cómo no querer ser mejor, cómo no querer ser más, si la distancia siempre está lejos, y la luz nunca está cuando la necesitamos.
Él es de esos tipos que te hacen reconciliarte con el teléfono móvil, con las duchas nocturnas y las canciones enterradas.
De ésos pos los que sacas fotos a cada piedra del camino, por los que no duermes, por los que el cielo siempre es más bonito y nunca tan azul, y "ojalá estuvieras aquí para verlo".
Me sobran los días y me faltan los viajes.

Idas y venidas.
Esto no tiene ni nombre (ni ná)

Atrévete a decirme que no te da rabia perderte estos anocheceres, en Vitoria.


domingo, 27 de diciembre de 2009

Beloved (o eso creemos siempre)




"Siento celos de todo lo que pueda apartarla de mi,
de todo lo que pueda siquiera hacerla dudar,
como aquel que protege su tesoro mas preciado.

miedos, miedos, miedos ...

Pero todo desaparece, cuando cae sobre mi pecho,
cuando pienso que las caricias y besos que le doy cuando está dormida
alteran sus sueños para dormir mejor,
cuando puedo abrazarla con la seguridad de que no se irá,
cuando sé que al abrir los ojos estará ahí atontada y tonta, recién levantada,
comenzando un nuevo día en el que me pregunto… que pasara?"


miércoles, 18 de noviembre de 2009

El abrazo más bonito del mundo.


Tengo una historia que contar, la historia de el-abrazo-más-bonito-del-mundo.


En una de esas ciudades que vienen y van, de un sol nunca tan bonito como del del norte, ella bajaba las escaleras, con lentitud. Pensaba en él. Quería haberle dicho una última vez que le quería, al oído.
Miró el reloj para no tener que ver cómo salía a la calle, donde de nada le servía el oxígeno.
Con cada paso se convencía de que el echar de menos son sentimientos que no están hechos para ella. Y entonces, ¿por qué la presión de su pecho le empujaba de nuevo hacia la 221?
Malditos números.

Paró un taxi. El teléfono sonó.
Todo demasiado deprisa, como si el reloj que derramaba su arena vomitase aquello que lo componía, para volverse volátil, un recuerdo impregnado a la piel...

"No te has despedido", dijo.

Ella podía acallar su voz interior, podía fingir que si se ahogaba era por el humo de los bares, no es que le faltase el aire...
Podía volverse inmune a sí misma, no, sin embargo, a aquella voz, a aquel tono, a aquellas palabras.

Corrió, dejando su mano aún en la puerta del vehículo.
De pronto había demasiada gente, le estorbaban. Demasiadas personas entre ella y su destino.
Y se volvía torpe, y se volvía tonta...

Subió los peldaños de dos en dos. Subía pensando en él.
Y lo vio, esperándola.
En sus brazos sintió que le fallaban las fuerzas. Se convulsionaba su pecho.
Había olvidado respirar. Le dio igual.

¿Y todavía te preguntas por qué tienen alas los dragones?

martes, 3 de noviembre de 2009

De porqué los dragones tienen los ojos oscuros III



Su aliento acaricia tus manos, las besa.
Te gusta pensar que no quiere que te vayas; que si te coge tan fuerte entre sus garras es poque teme que desaparezcas.
Y no sabe que son los dragones las criaturas fantásticas que se funden con los sueños mientras te haces la dormida.
Y se van.
Lo sabes porque despiertas con frío, porque de las alas del dragón queda una estela en la arena, que conduce hasta el mar.

Tienen los ojos oscuros y, si te miras en ellos, te consumes en las llamas que laten en su pecho.

Hunde la cabeza en tu pecho, respira.
Respira como si llevase años sin hacerlo.
Cierra sus ojos, los cierras. Y enredas tus dedos en su pelo.
Sabes que jamás debes tocar la cabeza de un dragón. No te importa.
Porque sonríes, y escuchas cantar a sus dedos, a los tuyos.
Buscas sus labios a tientas.
Y escuchas cómo tiemblan las pestañas, cómo se filtra la luz y se derrama sobre el suelo, de madera.
Antes de consumirte entre las sábanas te aferras a él: el clavo ardiente de tu tabla en el océano.
Arqueas la espalda, se eriza tu piel, arden tus pupilas.
Su aliento acaricia tu cuello, tu mejilla. Te besa.

Vuelves a tu torre, te dejas caer sobre el suelo, escarchado, de mármol.


***

Subo las escaleras. Pienso en llegar a casa, mirar el móvil y ver si hay algo que me haga sonreír.
Pienso que me meteré en la ducha, sin mirarme demasiado al espejo, y agacharé la cabeza dejando que el agua me derrita, me lleve a otro lugar.


"You take my breath away"

lunes, 26 de octubre de 2009

De porqué los dragones vuelan en círculos II


Mis manos dejan la huella imperceptible sobre tu rostro, como la estela de las lágrimas.
Y de pronto se ha hecho demasiado tarde. Porque empezamos la partida a deshora.
Recuerdo porqué me enamoraron los dragones, y aquellos que luchaban en su nombre.
Y lo siguen haciendo.

Es solo que el amor ya no es lo que era, que quiero, y siempre he querido al guardián. Ni a mi príncipe ni a mi sapo. Ni el rey ni el espejo.
Al lado, sin entrar en la torre, volando en círculos.

Que, tras cien años viendo dormir a la princesa, viendo pudrirse las rosas que la rodeaban, sólo el dragón podría haber hecho feliz a la que despertó casada, despertó mujer, despertó bella; despertó y nadie le preguntó jamás qué soñaba, qué deseaba.

Los dragones mueren si los príncipes desenvainan la espada de hielo.
Los dragones lloran y ellas con tristeza, con los párpados acarician al dragón, hasta dejar atrás su tibio cadáver a lomos del corcel del apuesto caballero que las conduce de vuelta a la casa donde la historia dicen que serán felices comiendo (gran mentira).
Se despiden de él.
Lloran, suspiran, y se resignan.

Así son ellas.
Y no anhelarán más dragones nunca más.
Pero cada día azul mirarán al cielo, y sin recordar más que algún fragmento de sus ensoñaciones, desearán volar.

Y sentirán frío eternamente cada vez que miren el fuego del que nacieron los dragones.
Es su maldición.

viernes, 23 de octubre de 2009

De porqué los dragones vuelan en círculos


Siento tu aliento cálido sobre mi mejilla, mi cuello.
Alcanzo a ver tus clavículas, desnudas.
Y te envuelvo con mis piernas y brazos. Palpo tu espalda como si fuese mi clavo ardiente personal.
La única tabla de mi mar.

Hundes la cara en mi pelo. Respiras en mi oído y te abrazo más fuerte. Siento palpitar tu corazón a través de mi piel.

Le muerdo, me guiñas un ojo.
Y nos reímos nerviosos. Llenamos los silencios de humo y risas.
Campanean en mis oídos los pájaros queriendo interrumpir la noche, confusos.
Toco tu piel y pienso cuanto tiempo llevaba sin hacerlo.
Me río; alguna otra tontería.
Sonrío.
Sonrío.

Olvido los temblores de mis manos, el frío en todo el cuerpo.

Luego, de pronto, despierto.
Las sábanas gélidas se pegan a mi piel.
Y te echo de menos, a mi lado.

Y no volveré a sentirme extraño,
aunque no me llegue a conocer
y no volveré a quererte tanto
y no volveré a dejarte de querer.