Quería negar que no podía escribir o que los besos le sabían diferente desde el primer café de la mañana.
Echaba en falta el chocolate por las noches y los viajes inesperados a una playa donde el sol brillase tostando la arena y dibujando con una brocha destellos sobre el mar.
Miró por la ventana, comprobando que continuaba en un séptimo, de los de ascensor que ni siquiera tienen una historia como la de estar estropeado cada tres por tres, o haber concevido algún bastardo de "El del Primero".
De alguna parte inconcreta le llegó el aroma cítrico de una naranja al ser pelada, exprimida o cortada. Imaginó una tarta, un zumo y un cóctel respectivamente.
Y sonrió, pensando que quedaban personas felices, de esas que a media mañana hacían una tarta para alguien, se levantaban, habiéndose perdido horas de amanecer o esperaban con un martini la hora de comer...
