domingo, 10 de agosto de 2008

Goldfish

Lluvia.
Lluvia de verano.
De ésa que es gris y tiene color.
De ésa que huele a arena mojada entre tu pelo, a hierba danzante.



Caminaba por las calles, con mucho cuidado de no pisar las baldosas impares, por si ocurría una catástrofe -otra-. Contando los peces dorados que nadaban entre esquina y esquina, envueltos en sus hermosas peceras de agua. Como caballeros tras sus yelmos.
Los peces susurrando que, cuando llueve, los enanitos se esconden. Y la diosa de la montaña suspira. Que el arco iris siempre sale antes de tiempo, y se desvanece sólo cuando no lo miras.

La lluvia, templada, como tus manos, besando mis párpados, regando las pestañas, para ver si este invierno -este sí que sí- crecen. Y no vuelven a caer para cumplir deseos imposibles.
Y no vuelven a secarse.

Plantar sonrisas, plantar deseos y esconder en los peldaños sueltos palabras que nunca te dije. Y que nunca te diré. 

Caminaba bajo la lluvia, pensando en algo que no recuerdo. Olvidando qué tenía que olvidar y la ubicación del mapa del tesoro, que indica el camino al paraíso de los melocotones.

Cae la lluvia del verano, y el mundo está sordo. Sólo se escucha el silencio de la lluvia, caer. Cayendo. Y nada más.
Agua.

Un pez dorado se desliza entre mi capucha y el tercer mechón tras la oreja izquierda, ése que toqueteaba cuando se me olvidaba respirar. Cuando te miraba a los ojos.
Y me besa el cuello, robándome un pendiente.

No llego a mi destino.
Pero la lluvia cesa. Lentamente, como muere el arco iris cuando nadie lo mira.
Y, al final, de pronto, me doy cuenta de que los peces dorados han regresado a la luna -con mi pendiente-, y pongo fin al trayecto.